A las puertas del cielo.

Hoy es un día grande en el cielo. Se ha dicho que, tras seis años de viudedad, la esposa de Recúrsilo Impatonio, doña Merceditas Díaz de la Paciencia, ha puesto fin a su paso por la Tierra y ascenderá a nuestros campos esta misma tarde. Se sabe que nuestro querido Recúrsilo la espera con emoción, y que ha solicitado a Dios ocupar para el momento de su llegada, el puesto de guardián de las puertas de este, nuestro jardín eterno, puesto que hasta hace unas semanas pertenecía en exclusiva a nuestro apreciado y ya jubilado San Pedro.

Se ha dicho que Dios ha aceptado la propuesta, que ha dejado escapar dos o tres carcajadas divinas y ha dicho, citamos textualmente: “tú sabrás, Recúrsilo, si de verdad quieres estar ahí”.

Recúrsilo ha recortado el titular y lo ha reservado entre las hojas de su Antiguo Testamento. “Más tarde —se dice —, cuando mi Merceditas se haya instalado en esta parcelita que nos guardo, lo mandaré a poner en un marco y lo colgaremos en el salón.”

Después se ha ajustado bien el cinturón, ha pedido que le vuelvan a planchar los bajos y ha emprendido su camino hacia las puertas del cielo.

Avanza a ritmo constante, acomodado en la carroza que le ha ido a buscar. A través de una de las ventanitas, comprueba que todo esté en su lugar.

—Hay que reconocer —oye decir a alguien —que desde que él llegó esto no ha vuelto a ser lo mismo.

Recúrsilo sabe que es verdad. Recuerda su primera mañana allí, la dicha de encontrarse con Dios y en cambio ese gusanillo en el pecho, un no sé qué como de decepción. El Jefe, que todo lo sabe, lo notó enseguida y supo, antes que él, el porqué de su desazón.

—Todo esto no es más que un valle, Recúrsilo. Árboles por aquí, algún río, las montañas, que son bellísimas, míralas. Pero hace falta orden, tú lo has sabido ver, y a ti te lo voy a encomendar.

De manera que Recúrsilo, famoso en su pueblo por sus gustos refinados —y también por su torpeza, los habituales enredos entre sus manos y piernas que han causado tantos tropiezos y desastres varios—, se arremangó como ya lo había hecho cuando se casó con Merceditas y se puso manos a la obra.

Horarios enfocados a la productividad, oraciones mañaneras y antes de caer la tarde, obligación de limpieza de las calles una vez al día, prohibición de salir sin peinar. Desde que había tomado el mando el cielo era un lugar apacible, donde antes reinaba el caos él había sembrado una rutina lustrosa donde todo cuanto se respiraba era paz y felicidad.

Hoy avanza hacia las puertas de aquel paraíso suyo y lo hace con la cabeza alta, alegre pero no demasiado, dueño de una contención y un semblante que serán retratados muchos siglos después.

Cuando la carroza se detiene, Recúrsilo se apea, saca de su zurrón un manojo de llaves y sonríe sereno a quienes tiene a su alrededor.

—La alfombra —dice —, no está bien cepillada. Al menos, no parece que se haya hecho esta misma mañana. Las cortinas, las quiero almidonadas, tiesas, que parezca que vuelan con esta brisa divina pero que ni un vendaval las pueda mover. Las florecitas de los pilares del camino deberían estar mojadas, no demasiado, ya lo sabéis, lo justo para que luzcan como si el rocio las hubiese bañado por primera vez a cada hora del día. Sacad las acuarelas y retocad las nubes del este, han perdido el rosa del atardecer. He visto a dos ancianas sin medias, tres moños deshechos, un bigote asimétrico y al menos a tres niños con las rodillas sucias. ¡Arregladlo, hermanos queridos, que siga siendo nuestro cielo un lugar por donde uno puede pasear a gusto y deleitarse con los regalos de Nuestro Señor.

El resto de la mañana Recúrsilo ha pasado las horas entregado al arte de la contemplación. De vez en cuando ora, recuerda a Mercedes y se siente orgulloso y feliz de haber logrado tanto antes de su llegada.

De repente oye las campanas del tren, por ahí vienen los hoy fallecidos. Recúrsilo se pone en pie y se asoma por detrás de una nube, entre los vapores y las ventanas de los vagones adivina a ver un bucle negro tan amado, el pelo de su Merceditas que está a punto de llegar.

Después vuelve a su asiento, trata de serenarse y pide perdón a Dios por haberse sentido orgulloso hace un rato y por haberse asomado para verla en lugar de haber controlado a su impaciente corazón.

Cuando la tiene delante, la sonrisa no le cabe en la cara, los ojos se le salen de las cuencas y, aunque ha logrado mantenerse sentado, mueve con ritmo los pies.

—Merceditas —y abre los brazos. —Por fin estás aquí.

Pero la mujer se ha quedado en blanco y no consigue sonreír.

Recúrsilo le tiende una mano. Ella carraspea y calla hasta volver a encontrar su voz.

—Pensaba que vería a San Pedro. Siempre lo han dicho así.

Recúrsilo ríe.

—¡Y así era! Lo dejó hace unas semanas, estaba cansado. Pero ven, Merceditas, dame un abrazo. Vi cómo llorabas el día de mi entierro.

A Mercedes se le han llenado los ojos de lágrimas. Sufrió tanto aquel día, echó tanto de menos a Recúrsilo los primeros años sin él. Después, sin embargo…

—Sé cómo lo has pasado. —Se acerca a ella. —Te vi caer. Abandonar tus rutinas. Dejaste de rezar por las mañanas. Ya no madrugabas tanto. Vi que solo limpiabas una vez cada dos días y que alguna vez vestías tus blusas sin planchar. Pero Dios es bueno y comprende, y hoy abre estas puertas para ti.

Mercedes no se mueve, no sabe qué decir. Mira a su alrededor y la perfección le repele, el corte de los setos y hasta el olor del jazmín y las rosas del pórtico le recuerdan al trabajo que hacía en su jardín, con Recúrsilo tras la cancela animándola a hacerlo, siempre, un poco mejor.

—Hice lo que pude, Recúrsilo. Sin ti en casa. Sobreviví. Y después me acomodé. No me quejo. Pero no quiero volver a vivir así.

—¿Como cuando me fui?

—¡Como antes de que lo hicieras! —Vuelve a echar un vistazo a lo poco que ha visto de cielo. —¿Todo esto es obra tuya?

Él asiente con desconcierto. Ella se echa a reír.

—¡Hasta al mismísimo Dios, Recúrsilo! ¡Incluso a él lo has moldeado a tu gusto! Yo no quiero esto. —Se aleja. —Otra vez no. Dime con quién puedo hablar.

Recúrsilo camina tras ella. Se tropieza con la túnica. Está a punto de perder el control.

—¡Merceditas! —Se atraganta y tose, tartamudea con timidez. —Pero ¿dónde vas a estar mejor que aquí? ¡La otra opción es el infierno!

—Pues al infierno me voy. Fueron treinta y dos años haciendo lo que tú querías. Me niego a repetirlo por toda la eternidad.

A lo lejos, Dios ríe con ganas. Se acerca a ellos y da a Recúrsilo una palmada en la espalda.

—Admítelo, amigo. Todo este rollo empieza a cansar.

Recúrsilo lo mira desde abajo, trata de comprender.

—¿Usted lo sabía?

Dios se encoge de hombros.

—No he querido herirte. Has hecho mucho por todos nosotros. Y sabiendo que venía Mercedes, he preferido esperar.

Hoy es un día grande en el cielo. Nadie ha madrugado, no se han regado los rosales, algún atrevido ha salido sin peinar. Se dice que Merceditas Díaz de la Paciencia ha entretenido a nuestro querido Recúrsilo y le ha hecho bajar la guardia. Que, después de treinta y dos años a su servicio, ha cogido las riendas y está a punto de imponer un nuevo orden. ¡Despierten, ciudadanos del cielo, después de tanto tiempo, vuelve a ser verano, vacaciones otra vez!

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