El prisma de la infancia.

Cuando una acaba de cumplir diez años, existen ciertas palabras, frases, que, en la voz de un progenitor, no logran hacer más mella que el sonido de la lluvia o el latir del propio corazón. Las hemos escuchado tantas veces que, llegado un punto, las oímos como una música de fondo, fácil de eludir, obviada casi siempre, de forma inconsciente, por la razón. Hablo de eslóganes como un famoso “aún hace frío, abrígate”, o “si no te lavas bien los dientes se te acabarán cayendo”. En mi casa, uno de los más repetidos era “a tu tío Evaristo no le creas ni una palabra”. 

Desconozco si aquella fama que arrastraba el pobre tío se debía a su aspecto “demasiado cuidado” –una vez escuché a mi madre decir algo parecido –, al hecho de que deseara estar soltero o a su obsesión por los libros de ciencia ficción. El caso es que si lo pienso un poco, me doy cuenta de que quizá, aquello que tanto molestaba a mis padres, fuese la ociosidad de su tiempo, esa manera de ser al mismo tiempo un filósofo y un vividor. 

Por aquel entonces yo andaba fascinada por él. No importaba cuántas veces me hubiesen repetido que su palabra no era de fiar, escuchaba con atención cada anécdota suya, ojeaba sus libros y sus revistas y presumía en el patio del colegio de tener un tío que sabía cosas que nadie más podría imaginar. Inventé y me creí que el hermano de mi padre era algo así como un espía con acceso a cierta información, y todo lo que pasaba por él lo convertía en palabra de Dios. 

De manera que cuando aquella tarde de junio, el tío Evaristo –que no era, por otra parte, más que un funcionario aficionado al vino y con demasiado tiempo para pensar –, alzó su copita y mencionó algo tan gordo como el fin del mundo, lo que yo sentí fue algo más allá del terror. 

–No se sabe cómo va a ocurrir –dijo, y las palabras le sacudían el bigote –, pero de esta Noche Vieja no pasa. Créeme, sobrina, va a ser entrar en el 2000 y pararse todos los relojes. Y el fin, ya está. 

Ignoro si cuando mi tío decía aquello lo creía de verdad. Aún hoy, después de haberlo enterrado, sigo sin saber si catalogarlo de insensato, de embustero o de bromista incorregible. También el patio de mi colegio quedó dividido en dos. Los que me creyeron, desde luego, no lo pasaron mejor que yo. Puedo decir que, durante los últimos minutos del año 1999, al menos una decena de niños del colegio Divino Salvador contuvieron la respiración, expectantes y asustados, temerosos de un último adiós. 

Nada ocurrió, es evidente. Recuerdo haber llevado a mi boca la última uva y correr al baño, a escupirlas todas. Después, regresé al salón. El tío Evaristo había abierto una botella de cava y andaba rellenando copas, mi padre repartía abrazos y mis hermanos y mis primos se divertían con los gorritos de cartulina y los matasuegras del cotillón. Mi madre, en cambio, había centrado en mí toda su atención. Preguntaba si me sentía bien, si había vomitado, si esa cara tan pálida se debía al cuento del fin del mundo con el que había machacado desde verano. Pero yo no la escuchaba, solo buscaba con la mirada los ojos de mi tío.

Me acerqué a él, y en un susurro: 

–Tío, ¡te equivocaste!

Él negó con la cabeza. No. Me contó que los equivocados fueron otros, lo había leído hacía unos días. 

–Se confundieron. ¡Adelantaron el calendario! Todavía no es el año 2000. Aún falta para eso. 

–Cuánto. 

El tío arrugó la nariz, colorada ya a esas alturas de la noche. 

–Veinte, ¡no! Veintiún meses.

De manera que, desde la vuelta de las vacaciones de Navidad, mis amigos y yo señalamos en nuestras agendas aquella fecha: septiembre de 2001. 

Volví a vivir aquel verano como si fuese el último para todos. Mi padre se burlaba de mí, mi madre estaba desesperada. Y cuando al fin terminó agosto, ante la incertidumbre que suponía desconocer el día, la hora exacta en que todo podía terminar, mis noches se tornaron un jaleo de pesadillas, terrores y gritos que a mis padres les costó mucho afrontar. 

Hasta aquel día once. Once de septiembre de 2001. Recuerdo los televisores encendidos, la conmoción en casa, en el barrio, la impresión por lo que acababa de pasar. Yo, en cambio, me llené de una estúpida excitación. Aquello no era más que el principio, ya lo sabía, el tío Evaristo no se podía equivocar.

Y al día siguiente, en el colegio, las monjas nos sacaron a todos a la plaza y nos hicieron permanecer ahí, con unas velas encendidas, durante quince minutos de un silencio sepulcral. Un silencio que se vio roto, a mis espaldas, por el murmullo de la que hasta entonces había sido mi mejor amiga. 

–Mi padre dice que esto no es el fin del mundo. Pero si estamos todos vivos. Tu tío es un mentiroso–decía –; y tú, más. 

Fueron demasiado aquellas risas, las miradas del resto, la triste revelación de que aquella niña decía la verdad.

Acabamos a tortas, allí, en mitad del homenaje a las víctimas. Castigadas, las dos, en la biblioteca de la superiora. Y aquella misma tarde, cuando mi madre supo lo que había ocurrido, llamó a mi tío y pronunció las palabras: 

–Nunca más. 

No volví a verle hasta después de muchos años, cuando ya era todo barriga y la piel se le había vuelto amarilla de tanto alcohol. A los pocos días murió. 

Hoy he vuelto a esta ciudad para enterrar a mi padre y me he encontrado con él. Escrito en la lápida, su nombre. Evaristo de tal y cual. Y quisiera preguntarle tantas cosas, si aquellas historias suyas tenían algún fundamento, si él las creía también o si solo se divertía a mi costa, por el mero placer de asustar.

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