Adiós a Tomás.

No puedo ni verla. En primera fila, con ese moño de señora y esa chaqueta negra a las cuatro de la tarde y en pleno agosto. De puntillas, frente al hoyo, para no perderse nada. 

Si supiera, si en algún caso se le ocurriera, qué sé yo, sospechar lo que le oculto, destapar el horror que hoy nos sacude a ambos. La veo así, deshecha de lágrimas y de no entender, de pie frente a la tumba de Tomás, y no puedo remediarlo, la culpa me aplasta, no la puedo ni mirar.

Todavía recuerdo el día que la encontramos de nuevo. Tomás y yo, en aquel bareto donde habíamos llegado siguiendo al resto. La oscuridad, el humo, la mesa de billar. Y a lo lejos, junto a la puerta del baño, aquella silueta, la coleta rubia, su espalda. No habíamos vuelto a verla desde que íbamos al colegio. Por aquel entonces llevaba el pelo más corto, vestía aquellas faldas horribles y esas gafas y trataba de no abrir la boca para no enseñar los dientes de hierro.

No sé cuánto tiempo nos hizo falta para reconocerla, lo que sí tengo claro es que Tomás no necesitó más de unas horas para volverse loco por ella. Aún puedo escuchar cómo se gritan, el modo en que él la acusaba enfermo de celos y de una verdad que le era imposible ignorar. Porque dónde has estado todo este tiempo, Cristina, y por qué bebes como bebes y vuelves drogada y fuera de ti.

Y yo siempre ahí, en medio. Con Cristina nunca he sabido dar un paso atrás. Ni en la cama ni en los bares, aquellas noches en que Tomás la abrumaba y ella juraba que le quería –más que a nada, le quiero –pero que no podía más, que necesitaba un respiro, una copa, me necesitaba a mí. Recuerdo reír y burlarme, echarle en cara y preguntarle qué diría aquella otra de la mujer en la que se había convertido, qué diría de tanto desfase la niña que fue.

Hoy parece que ha vuelto a serlo, me recuerda a aquella de la escuela, con ese uniforme negro que se ha colocado y la cabeza agachada, asomada a ese adiós que ninguno nos hemos atrevido a pronunciar. Es como si pretendiera prolongar el momento, alargar esta última oportunidad de preguntarle por qué, cómo, qué fue lo que ocurrió. 

Pero alguien le ha susurrado al oído algo que la ha obligado a apartarse, y dos señores con pinta de ser albañiles o pintores han sacado el cemento y han vuelto a colocar la lápida. Adiós a Tomás. 

Antes de que se me acerque nadie, huyo. Veo mis pies y el asfalto, unas flores secas en el suelo, el mármol de un panteón familiar. Entonces oigo su voz, apenas un susurro demasiado cerca. 

–Carlos. 

Y suena tan diferente a como lo ha hecho siempre, porque esta vez es solo Carlos e incertidumbre, no tengo ni idea de por dónde saldrá. 

–Ve con tu familia, Cristina. Por ahí va la madre de Tomás. 

Pero ella me mira con esos ojos enormes que reclaman, ¿qué? La verdad. 

–Todavía no entiendo nada, Carlos. 

Sonrío. ¿Qué puedo decir? 

Ella insiste: 

–No me acuerdo de nada. 

–Ya lo sé. 

Hemos empezado a caminar. Ella me ha agarrado del brazo, la presión me hace querer escapar. 

–¿A qué hora me dormí?

–No lo sé. A las tres, tres y media. A las cuatro estabas muerta en el sofá. 

–No digas eso, Carlos. Muerta… No lo digas más. 

Se detiene, sin soltarme, y me hace frenar a mí. Vuelve a mirarme de ese modo que me hace cerrar los ojos, claudicar. 

–Entonces fue a esa hora, más o menos, cuando le dio por saltar. 

–Sí. Las cuatro y media, más o menos. 

–¿Tú me sacaste de allí?

–Ya te lo he contado Cristina, mira. Además, no es el lugar. 

–¡Me da igual! –Susurra a voces, me obliga a vigilar. –Es que no entiendo nada, Carlos, y luego volviste. ¿Para qué?

–Había vasos, botellas, platos. No quería hacer sospechar. 

–Van a hacerte preguntas. 

–Ya lo han hecho. 

–Pues harán más. 

–No tengo nada que contar, escucha. Tomás iba demasiado ciego, huía, no sé de qué. Intenté tranquilizarlo pero me fue imposible. No sé cómo pasó, de repente rodó por las escaleras y bueno, ya se sabe el final. 

Cristina guarda silencio. No me cree. Yo sé que no es capaz. Algo dormido no se lo permite, un recuerdo quizá. Me ha soltado el brazo, ha agachado la cabeza y ha vuelto a caminar. 

A lo lejos la miro y trato de olvidar. Hace dos noches, sus ojos, la droga, aquella discusión con Tomás. No recuerdo las palabras, solo los gritos de Cristina, un cristal que se rompe, mi alegría al sospechar que aquel era el final. Después un porrazo, tremendo, el sonido inolvidable de un cuerpo que se estrella contra el suelo. Y correr hacia allí y encontrarla pegada a la pared, con esa cara de espanto y las manos en la cara. Aquella manera de jurar: 

–Se ha caído, se ha caído solo. Yo no le he empujado, apenas lo he llegado rozar.

A lo lejos, la miro y me pregunto si alguna vez, ella también recordará.

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