El Santo.

Por la ribera que cruza el pueblo, el Santo pasea cabizbajo. De vez en cuando devuelve un saludo. Solo sonríe, no hay quien recuerde su voz.

Lo cierto es que detesta el peso, la ternura de esas miradas que lo siguen a favor de la corriente y no dudan nunca de su bondad.

No es que se haya dedicado a hacer el bien durante toda su vida. Pero en la soledad que arrastra, esa barrera que ha interpuesto entre el mundo y él, han intuido las masas una timidez prodigiosa, una humildad sin precedentes, un verdadero halo de virtud.

Una señora mayor lo saluda con el gesto. Él sonríe y cierra los ojos. Vuelve a recordar: tiene ocho años y discute con su hermana. Se grita, se insulta, se llega a las manos.

Los vuelve a abrir.

Un chiquillo le tira de la manga y le ofrece una golosina. Los ojos cerrados. La hiere, la empuja, la ve rodar por la escalera que da al portal.

Cuando se aleja del río y cruza la calle, un enfermo alza los brazos e intenta rozarle el pantalón. El Santo, dicen las lenguas, el Santo es capaz de sanar de puro que es su corazón. Pero el Santo vuelve a cerrar los ojos y siente el alivio que supuso saber que su hermana no había muerto, la conmoción al advertir con qué facilidad podía uno arrebatar la vida de los otros. Se deja invadir por la emoción que ha vuelto a su lado en tantas ocasiones, en cada pelea de patio de colegio, en cada discusión con su esposa, en cada berrinche de su hija cuando era un bebé que lloraba y volvía la desesperación.

Se deshace de la caricia del moribundo y, en silencio, emprende la vuelta hacia su hogar.

Asfixiado de una sed de sangre y un hambre de muerte que apenas le dejan caminar, el Santo se arrastra y alcanza el refugio y la ducha. Calienta algo de sopa. Prepara un café.

Y al levantar la cuchara, comete el error: su reflejo. Ese que elude desde hace años, el mismo que le ha obligado a descolgar los espejos para no verse los ojos de lobo, la piel de serpiente, las escamas que en la cara y en las manos no le dejan de brotar.

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