Tal vez viviendo de verdad.

Aquella vez, cuando me hizo llamar y yo conduje hasta su puerta, ninguno de los dos sabíamos que este sería su final. Quiero decir, ¿quién iba a pensar que apenas le quedaba tiempo? ¡Quién piensa nunca cosas como esa! Y de haber sabido, Telesfora, que aquellas eran las últimas horas… Las suyas, quiero decir: para el mundo es otra cosa que aún no puedo explicar.
Pero basta. No hay que seguir con lo mismo, ya está bien de teorizar.


Te recuerdo, Telesfora, hace apenas unas horas –días, para nosotros; tal vez una semana –sentadita en el sofá del doctor M., con los ojos como platos y unas ojeras que te llegaban a las faldas.
Apenas me mirabas, parecías avergonzada.
Después extendiste la mano y me enseñaste la cámara. Recuerdo haber reído, puedo oír las carcajadas.

–¡Así que al final la cogiste! De manera que al final… ¡Telesfora!


Dijiste que no habías podido evitarlo, que tanto misterio por una cámara de fotos no era algo natural.
La tarde de antes la habíamos pasado en casa del doctor. Poner orden, después de todo, dentro de esa selva de pizarras y cuadernos parecía algo necesario. No olvidaré el modo en que te acercaste a mí después del entierro, vestida de negro y apoyada en el bastón.


–¿Estás peor?
–Es la humedad, ya lo sabes, la rodilla. Con esta lluvia, y la vejez que me anda agarrando por los tobillos…


Todo menos hablar de lo importante, cualquier cosa antes de echarnos a llorar y reconocernos que ya nada iba a ser como antes, que yo había perdido a un maestro y tú a tu amigo del alma.
Fue entonces cuando pediste ayuda. Un hombre tan solo, dijiste, con tanto trasto y tanto apunte entre los que podría haber algo útil, algo genuino que a ti se te podría escapar.


–Tienes que venir conmigo –esas fueron tus palabras –, tantos años trabajando en esa casa y todavía hay ciertas cosas que no sabría colocar.


Porque el doctor M. no habría podido vivir sin ti, es cierto, y cambio no hubo un día en que no se quejara de tu manera de cambiarlo todo de lugar.
Y después de toda la tarde cerrando cajas, tantas horas de organizar libretas y marcarlas con rotulador, ojalá hubiésemos cortado a tiempo. Si era de noche y teníamos hambre, si apenas se veía con tan poca luz, ¿cómo es que no nos fuimos a casa? ¿Por qué seguimos allí, venga a recordar y a darle vueltas al asunto y a revisar los dormitorios hasta llegar al armario aquel? El maldito armario que no debimos abrir.
La sorpresa, Telesfora, que fue encontrar una cámara de fotos en el único sitio donde el doctor nunca te permitió mirar. La de preguntas que surgieron entonces, las intrigas que nos flotaban encima y parecían imposibles de callar.


–Pero déjala donde estaba, venga. Si el doctor la guardaba de ese modo, con tanto celo, lo mejor será no tocar.


Eso fue lo que dijiste justo antes de marcharnos, antes de abrir el armario y a última hora, sisarla a mis espaldas y llevártela para probar.


Por eso, cuando a la mañana siguiente recibí aquella llamada –ven –, y me apresuré a ver qué necesitabas, te encontré sentada en el sofá, con la cámara en la mano y aquella explicación, he intentado fotografiar a mi gato y no te imaginas, han sido unos segundos pero te juro que se ha quedado quieto, como una estatua, no sé qué ha podido pasar. Y aquella fotografía sin luz, Telesfora, quisiera borrarla para siempre: aquel fue el principio del final.


–Está demasiado oscura porque necesitas abrir el diafragma, ¿ves? Y más tiempo de exposición.


Tu cara, Telesfora, acostumbrada como estabas a escuchar al doctor M. sin entender una palabra.
Enséñame, casi suplicaste, y entre risas lo aumenté, exactamente, a diez segundos.


–Una barbaridad, saldrás movida…


Y en cambio, no. Es imposible que alcance a explicar la sensación, ¡qué digo!, la procesión de emociones
que pude experimentar. La fría incredulidad, el asombro que se abría camino, el miedo. Diez segundos en los que no se te movió un pelo, Telesfora, te lo juré entonces y lo juraría ahora; diez segundos de los que volviste como si realmente no hubiese sido uno solo, completamente ajena a lo que acababa de pasar.
Recuerdo girar la rueda, veinte segundos, treinta, y asomarme a las ventanas después de disparar. Contemplar el mundo en pausa, un balón suspendido en el aire, un coche que no arranca, un niño a punto de saltar.


–Pero ¿qué es lo que pasa? ¿Se detiene, el tiempo? ¿Se para todo? Déjame intentar…


Hacer la foto entre los dos y comprobar que estábamos en lo cierto: todo congelado, todo, menos nosotros. Y exigías explicaciones que yo no podía dar. ¿Cómo iba a atreverme a hacerlo si no comprendía nada, si ni siquiera de creérmelo era capaz?
Pero te empeñabas, ¿verdad? Te aferrabas a ese clavo e insistías en abrirla, analizarla, buscar, buscar.


–No vas a poder salvarla. No se trata de eso, no es como viajar.
–Pero podemos cambiarlo. Tú puedes hacerlo. Si se puede detener, entonces, adelantarnos un poco,
rebobinar…


Deseabas retomar un pasado en que tal vez pudiésemos cambiar las cosas, un futuro en que tu hija enferma se pudiese salvar.


–Nos va a llevar mucho tiempo.
–¡Lo tenemos! Con esto… Lo tenemos. Y yo no puedo perderla, no puedo dejarla morir. ¿Cómo voy a soportarlo? Tampoco eso sería natural. Sobrevivir a una hija, ¿quién puede con algo así?

Cedí, Telesfora, por supuesto que lo hice.
Disparábamos todo el tiempo para crear esos paréntesis y trabajar. Yo estudiaba sin descanso, elaboraba hipótesis y tú andabas siempre detrás. Echabas de menos a tu hija, decías, pero preferías no parar.


–Ya habrá tiempo de todo eso. Habrá un momento para llamarla, para salvarla, para sacarla de aquí.


Pero no lo hubo, está claro. Aquel resbalón ridículo, todavía puedo escuchar el golpe, fue el punto final. Y aquel cronómetro, madre mía, la cámara con el diafragma abierto y los últimos veinte segundos que no acababan de pasar. El mundo entero sumergido en el sueño y yo que necesitaba una ambulancia, que no supe cómo hacerlo, que te dejé escapar.


Por eso me pregunto ahora, Telesfora, querida amiga, si hubieses sabido, si hubieses tenido en cuenta eso que a menudo olvidamos, que el tiempo nos pisa los talones desde antes de nacer, que uno siempre cierra los ojos sin saber si mañana los abrirá, entonces, ¿habrías invertido tus horas, todas ellas, en otro lugar, con otra gente, tal vez viviendo de verdad?

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