El dinosaurio.

El miedo es peor que el castigo, porque éste es algo concreto y ya sea mayor o menor, siempre será mejor que la horrible incertidumbre, lo espantoso de la angustia infinita.

Stefan Zweig.

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

Augusto Monterroso

No ha dejado de correr en toda la noche. En círculos, puede ser, aunque no tiene importancia. En esta isla donde todo son montañas de arena y palmeras, un sol que abrasa y el mar, mire donde mire, cantidades sofocantes de agua. 

El calor. La humedad. Una inquietud y un silencio. 

Corre. Se esconde. Recuerda. 

Isabel tiene veintidós años y está embarazada. 

A lo lejos, sus pisadas. Como un tambor en las profundidades del bosque, los pasos que, con cada golpe, sacuden la isla y la hacen temblar. 

Le pusieron su nombre a aquel bebé. El suyo. Pies diminutos, pelo rizado, aquellas rabietas que ya entonces lo anunciaban: el carácter, la cuerda floja, la recaída sin final.

El jersey le pica y le hace sudar. Los árboles se le echan encima y bajo la luz del sol, que ciega, crece, sin mesura, el mar. 

Él cierra los ojos. Fuerte. Apenas se atreve a mirar. Incapaz de volver la vista y enfrentar al monstruo, se esconde también de sus manos, las suyas, que ahora parecen otras, cubiertas de sangre como están. 

Echa de menos a su bebé. Pero hace tiempo que dejó de serlo. Entre la bruma, puede verlo: acaba de cumplir los cuarenta y ahora golpea a su madre. Dónde está el dinero. Insiste. Dónde está.

Entonces el tambor cesa. Eco. El monstruo vuelve a rugir. 

¡Isabel!

Pero Isabel no responde. No hay nada que hacer. Golpear, también él, hacerlo. Terminar de una vez con el tumulto de borracheras y tropiezos que ha resultado ser la vida de su hijo. 

Su hijo. 

Pero no se detiene, no puede pensar. 

Tan solo corre. Imagina al dinosaurio que le anda detrás. En un momento, comprende: es imposible escapar.

Así que lo enfrenta, lo mira a los ojos y abre los brazos. Corre hacia el monstruo y suplica, se ha vuelto loco, por favor, esta huida para siempre, esta isla, esta cárcel adulterada: no. 

Cae de rodillas y se deja engullir. Llora la culpa y no entiende cómo, cómo pudo ser que… 

Pero no puede evitarlo: se echa a dormir. 

Y mientras duerme sueña que sueña con un castigo, haberlo perdido, habérselo arrebatado a Isabel. 

Después abre los ojos y es el mundo, es la calle, es una resaca del infierno y las manos manchadas con su dolor. Ya recuerda, hay que rendirse: el dinosaurio todavía sigue ahí.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google photo

You are commenting using your Google account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s