Primera parada: p l a z a d e B i b a t a u b í n .

Desde que me fui de Córdoba, hace ya tanto, he estado dando vueltas a la idea de que, para que una pueda sentirse en casa en cualquier ciudad del mundo, es necesario que haya pasado allí, al menos una vez, su estación preferida del año. 

Nosotros somos de otoño. A Granada vinimos en mayo. 

Hizo falta que llegara septiembre, ¡que acabara!, y que las copas de los árboles del Paseo de la Bicha, del Albaicín, del Paseo del Salón y de Gran Vía se dejaran tostar y cayeran, en una suerte de alfombra donde mis botas pisaban felices, encantadas de mojarse con la lluvia y detenerse en la puerta de cada café. 

Porque, ay, en esta, que ya es nuestra ciudad, abundan dos de las perdiciones que nos vuelven locos: las librerías independientes y los cafés de especialidad.  

Decía Balzac que, “si no fuera por el café, uno no podría escribir, es decir, no podría vivir”. 

Yo estoy completamente de acuerdo. 

Confieso haber deseado ser una de esas mujeres que toman café y notas en el Café de Flore, o sentarme junto a una de las mesas de Le Procope y dar rienda suelta a las palabras. 

Y à  la rechérche de uno de esos rincones donde sentarme a comer croissants y sentirme una especie de Marcel Proust —algo más sana —, he dado con unas cuantas mesas por las que os queremos hacer un tour. 

La primera de ellas se encuentra en una terraza en la plaza de Bibataubín. El café en cuestión es el Kona, que significa “mujer” en irlandés y cuya estética tiene tanta fuerza como su nombre. 

En él, Selene, que es quien lo ha levantado, vuelca cada día su corazón y su tiempo. 

Hace un par de semanas tuvimos la suerte de poder hablar con Lorca, barista y Granaíno, quien, además de transmitirnos su pasión por el café, nos hizo disfrutar de un desayuno como pocos recuerdo.

Buen producto local, masa madre, café de temporada y una filosofía clara: aquí se viene a disfrutar. 

Para mí —para muchos de vosotros, seguro —hasta hace muy poco el café era sinónimo de prisa, lo tomaba para despertarme, para no llegar tarde, para escribir, para leer un poco más. Escuchando a Lorca a una le queda claro que, para ellos, el café es más bien un momento. Es la luz que entra, la mesa que compartes, el sofá de tu casa. Parar un poco, oler su aroma, respirar.

Cuando le pregunto por su formación habla de las horas, del trabajo, del deseo de mejorar. Puedo imaginarlo como se describe, algo más joven, en una cafetería cualquiera, al uso, sirviendo tostadas y cafés hirviendo, jugando con la espuma de la leche a dibujar corazones y sonrisas. Hay unas palabras que me llegan más que las demás. Dice: “si no prestas al café la atención que hay que prestarle, entonces no aprendes nada”. 

Creo que de eso va exactamente ese momento que a todos nos hace falta: de prestar atención. 

La primera vez que me senté en una de sus mesas pedí sacarina. Todavía me avergüenzo de aquella mancha. Recuerdo que me aconsejaron que no. Y que —menos mal —supe obedecer. 

Aquella mañana que pasamos allí, un trabajador de la zona entró vestido de uniforme y pidió un café con azúcar. Las palabras de Lorca fueron las mismas que entonces tuvieron para mí: “pruébalo solo –es lo que dicen –si no te gusta le pones lo que quieras”. 

Pero a todo el mundo le gusta. No puede ser de otra manera.


De modo que, por haberme dado a mí un rincón donde la luz es magia y una puede detenerse a escuchar a su ciudad; por haber contribuido a hacerla casa, Kona, gracias. 

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s