En el comedor.

Desde aquí todo se ve distinto, podría decirse que mejor. La bandeja, esta comida infesta, los azulejos de la cocina, la puerta de acceso al comedor. A mi derecha, la mesa donde los ancianos esperan la sopa; a la izquierda mis compañeros de trabajo se han reunido y cuchichean con los ojos medió cerrados y los labios muy juntos. Allí están Alicia y Pablo. Justo acaba de llegar Julián.

Ha sido Alicia quien esta mañana me ha mirado de ese modo y me ha hablado fatal. Tal vez piensan que no alcanzo a darme cuenta. Si es así, piensan mal.

Cada mañana intento preparar la medicación. Pero siempre hay alguien allí. No cargues esa jeringa, las de la doscientos quince ya están dormidas, siempre una reprimenda, algo en lo que estoy errando, una excusa para meter mano y poderme apartar.

Y el médico, esa persona, con esa manera de caminar, como si ya no quisiera estar vivo, esa sonrisa de reptil que me hizo temblar desde el primer día.

Hace unos días me atreví a preguntar:

—La anciana de la ciento veinte —dije —, se queja de estar muy dormida. Piensa que la medicación, que tal vez…

No pude acabar. Una carcajada y esa miradita suya, como una burla por debajo del bigote. Y las palabras:

—Lo que tiene prescrito. Que no se queje más.

Ya está. Cerró la puerta. Al otro lado le escuché encender la televisión.

Pero yo no se la di. La medicación, quiero decir. A la de la doscientos veinte.

—Ya me crees —dijo ella —. Enfermerillo, triste, triste enfermero. Ahora ya te fías de mí.

Ella fue de las primeras pacientes que atendí cuando empecé a trabajar en esta residencia. Lo cierto es que, al principio, a penas la podía soportar. No se dejaba llamar por su nombre de pila, había que referirse a ella como “señora de tal”. Se quejaba todo el tiempo de todo cuanto yo hacía, cuanto hacía cualquiera del personal. Para asearla había que pelear con ella, para llevarla al fisioterapeuta también. Era —es, para qué mentir —lo que se dice una persona difícil, pero difícil de verdad.

Después llegó la Noche Buena y casi todos marcharon con sus familias, una guardia buenísima, salvo porque en la sala de estar se encontraba ella, amenazando con morirse el día de Navidad. Me decidí a escucharla, más por vergüenza que por pena, más por el apuro de pasarle al lado y ni siquiera preguntar.

Fue entonces cuando escuché su historia, aquella retahíla de sandeces que, en aquel momento, no supe conectar.

—Son una secta —susurraba —, los he visto con sus túnicas de seda, los he escuchado hablar en otro idioma, a veces me cambian la medicación, me tienen sedada —y, lo peor: —me quieren matar.

Pasarán los años y yo no habré podido olvidar esos ojos abiertos, casi sin párpados, esa manera de enseñar los dientes y los músculos del cuello y las venas azules de la frente.

Nunca he sabido por qué decidió confiar en mí. El caso es que aquella noche la señora de tal lo soltó todo, tantos temores y certidumbres que por las noches le andaban tirando de los pies. Y yo no me la creí. No le creí ni una palabra.

Pero quise echarle una mano. Intenté cambiar algunas cosas. El cuarto —porque su compañera gritaba y le daba miedo —, las pastillas, las horas del aseo y hasta el colchón.

Sobra decir que no logré nada, ninguno de mis compañeros ha querido escucharme, el doctor llega siempre tarde y se encierra en su habitación.

Y cada día me llueven cerca los susurros del personal, sus miradas frías en la espalda.

Hace un par de días la vi. De refilón, porque no quise mirar con descaro; colgadita en una taquilla,como esperando a que la plancharan: una seda azul, preciosa. Yo no sé si era una túnica. Podría ser. Y podría ser que no. Pero los he visto con unas cartas, y ese silencio y esas caras, y esta mañana he querido dar un paseo con la señora de tal y Alicia me lo ha impedido, y me ha hablado tan mal.

Lo cierto es que llevo noches sin dormir.

Que no tengo apetito.

Ya casi no me tengo en pie.

He tratado de hablar con ella y contarle que puede que tenga razón. Que tal vez algo vaya mal y sea necesario hacer las maletas, buscar una salida, echar a correr.

De momento no ha sido posible. Pero desde aquí puedo verlo todo. Puedo escucharlos susurrar.

Y esta noche, a lo mejor esta noche o quizá mañana, en algún momento tengo que volver a la doscientos veinte, puede que dormir a la otra, dormirla más. Y agarrar a la señora y salir pitando, no sé si en coche o en tren o….

Pero eso ya se verá.

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