Cuando está cerca.

Cuando sale a la calle, a Diego se le cierran los ojos. Una bofetada de calor. No se acostumbra a esta sensación de estar bajo un ventilador de aire caliente. Se le seca la nariz, la garganta. Suda menos, es cierto, pero le cuesta respirar.

Antes de arrancar, la voz de su mujer le hace bajar la ventanilla.

–Ha estado lloviendo barro. ¡Mira cómo está el coche! Y este bochorno… No tardes, Diego. ¿De verdad, hoy también tienes que ir?
–No seas así, Olivia. ¿Cómo voy a dejarla allí?

Sabe que sin él, lo más probable es que a Matilde se le pase la hora de la comida. Tal vez se quede dormida, o decida lavar a los perros y después se muera de hambre y abra una de esas latas de comida para gatos que tan mal le sientan.

–Eres un buen hombre. –Olivia lo mira, severa. A Diego se le trastoca el corazón.
–Vuelvo enseguida –promete, y se larga antes de que su mujer vuelva a rechistar.

Las calles están vacías. Es agosto, son las dos de la tarde y el pueblo parece barrido por una escoba de fuego. Diego sube la potencia del aire. El calor le ha calentado los cristales y no hay forma de refrescarlo. En la radio suena una canción de Lou Reed que anoche dejó sin acabar.

Recuerda la primera vez que la vio, hace más o menos un año. Había salido temprano para llegar al hospital. Eran las seis de la mañana, justo antes del amanecer. Estaba sentada en un bordillo, con sus piernecitas al aire y ese pelo blanco y desordenado que ella misma se encarga de cortar.
Gritaba. Se dirigía a él.

–¡Es una lástima! ¡Qué pena me dais! ¡Tú! ¡No me mires así! Tú y todos los que vais a trabajar como zombies, ¡muertos de sueño! ¡Sin fuerzas! ¡Esclavos! Y no os dais cuenta, no sabéis ver nada…

Entonces se puso de pie. Una farola le iluminó la cara. Diego dio un paso atrás. Aquellos ojos de loca, aquella boca torcida y esa manera de mirar que, más tarde lo supo, eran el resultado de tanto odio y tanta rabia en el rostro de una parálisis facial.

–¡Vete! ¡Eso es! ¡Vete! Ya sé lo que piensas, ¡ya sé lo que todos dicen de mí!

Tal vez fue aquello lo que le hizo quedarse.

–Tengo que trabajar… ¡Señora! ¿Cómo voy a vivir si no? Ni idea de lo que dicen de usted, se lo juro, pero sé cómo habla la gente de este pueblo.

Acababa de casarse. Hacía dos meses. Entonces habían empezado las preguntas, incansables, como una lluvia: que si no eran demasiado niños, que si lo hacía por los papeles, que si pensaba quedarse por mucho tiempo.
Matilde, sin embargo, parecía estar en la otra cara del papel.

Después de aquello, Diego empezó a encontrársela en todas las esquinas, los bancos del parque o en la plaza, junto a la fuente, tomando el sol. A menudo gritaba, hacia aspavientos, lo increpaba de un modo que le hacía pensar.
«¿Por qué finges que eres feliz?», «¿es que no ves que nos están en engañando?», «¡víctimas del consumismo, de los americanos, de quienes controlan nuestros sueños y todo lo que deseamos!»

Hasta que se sentó junto a ella, una tarde de octubre, y la dejó entrar.

La puerta de la casa no está bien cerrada. Empuja, se adentra, aguanta la respiración.

–¡Matilde! ¿Qué has hecho? ¿Pero a qué huele aquí?

Las paredes grises, las cortinas amarillentas con quemaduras de cigarros, el colchón en el suelo y los perros, que no paran de llorar. Después llama a la puerta del baño y entra sin preguntar.

–Matilde… Sal de ahí, mujer, te he traído la comida.

Le tiende la mano. La ayuda a ponerse en pie. La bañera está llena de un agua tan sucia que parece ser la fuente del olor.
Diego abre la ducha, la enjuaga, la envuelve en una toalla y se la lleva al salón.
Sentada en el sofá, Matilde observa cómo él pone la mesa.

–Olivia ha preparado porra, mira. Y yo he hecho esta tortilla.
–Necesitáis comer porque tenéis vacía el alma.
–Bueno, y porque huele que alimenta.Ven aquí.
–Tienes que leer más, Diego. Tienes que escuchar mejor. Y después, aprender a disimularlo.

–¿Disimular, qué?
–Que lo sabes todo, ¡claro! Ellos no quieren que estemos despiertos. Pero nosotros somos más rápidos, sabemos cómo engañarlos. Mi hijo, el pobre, él no sabía, no sabía… Por eso lo mataron. Tenía los ojos listos, ojos de inteligencia. ¿Te lo he contado? Diego, ¿te lo he contado alguna vez?
–Has leído demasiado, Matilde. Demasiados libros. ¡Es que ya no sabes qué es real!

Matilde se ha puesto en cuclillas, los pies descalzos sobre el taburete. Y esos ojos abiertos, uno mucho más que el otro.

–¡Que no sé qué es real! ¡Que no lo sabes tú, sonámbulo! Que no te quieres despertar, ni quieres hacerme caso, ni me llevas… –Ha empezado a llorar. –Ni me llevas con él.

Las lágrimas le caen en el plato y le salan la comida. Se abraza, se dobla, se parte en dos. En silencio, no para de llorar.

–Ya sabes por qué, Matilde. ¡Me da miedo! Ni siquiera sé dónde vive ni quién es.
–No tienes que saberlo. Dónde vive, ¿qué más da? Pero me da tanta pena, mucha, mucha pena, porque sé que está todas las tardes, todas, todas las tardes allí, solito, muerto de frío y de calor y de pensar que lo he abandonado.
–¿Dónde lo conociste?
–Lo único que importa es que me ama.
–¿Cuánto tiempo llevas sin verle?
–Desde que me prohibieron conducir. Y escribir. Y expresarme. Han querido callarme, ¡y él me está esperando! ¡Tú no lo entiendes! Debe pensar que no le quiero.

Después se marcha. Espera la hora y el momento justo en que atardece, la luz se colorea de rosa, la montaña es ahora un mantón de cobre. Los pájaros negros vuelan a contraluz. Ha empezado a refrescar. Se respira. Algo.

Tal vez sea porque, aunque ya ha escuchado esta historia, nunca la ha visto llorar así; o tal vez porque desde hace unos meses no es capaz de recordar que Olivia puede hacerle feliz. El caso es que Diego abre la boca y acepta.

En la carretera, en medio de un camino de cipreses, junto a un viñedo que ya empieza a oler a septiembre, el coche soporta el peso de los dos. Se han sentado en el capó. Matilde ríe con lágrimas y Diego espera a que pase algo.

–Es él.
–¿Él?

Diego observa su dedo. La punta que señala a la montaña.

–Mira qué nariz, qué frente, qué manera de estar en calma.

En las rocas del camino, resuena el eco de una carcajada.

–¡Dime que no es una montaña! El amante que esperamos, entonces, ¡no me lo digas, Matilde! ¿Es la peña?

Ella le agarra las manos y se las besa, emocionada.

–¿Verdad que estoy guapísima, Diego? Nadie me hace tan feliz como quien soy, cuando está cerca quien me quiere.


Esta noche, cuando vuelve a casa, la luz que Olivia desprende es una distinta, como de otro tiempo. Una luz que lo envuelve y le recuerda quién es.

–¡Ya estás aquí! ¿Lo has visto? ¿Existe de verdad?
–Existe. –Diego se sienta junto a ella. La atrae hacia sí. –Vamos a cenar y te lo cuento mejor.

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