Ella no.

El timbre del horno la ha puesto en pie.

Saca la masa, extiende el tomate y la rocía con mozzarella. Quisiera probarla, es cierto, pero reprime las ganas. Alcanza a coger una tabla, un cuchillo, corta la calabaza.

Se abstrae. Como siempre en la cocina, el olor de la harina y el queso se la llevan lejos, en un viaje del que solo un dolor agudo puede hacerla regresar. El cuchillo cae sobre la encimera, ella se dobla en el suelo y aúlla. Después se atreve a echar un vistazo y se descubre la mano ensangrentada, la herida y ese olor a hierro que le hace desfallecer. Durante unos segundos el suelo tiembla, su apartamento se ha convertido en un barco, las paredes se le echan encima y siente ganas de vomitar. 

A duras penas logra llamar a un taxi, llegar al hospital, explicar lo que ha ocurrido y dejarse coser, examinar, hacer preguntas. Contesta distraída. Trata de evadirse e ignorar el dolor. Antes de que lo haya visto venir, uno mucho más hondo la envuelve y le arranca una nausea y un tormento.

Un recuerdo: sus diez años, la habitación y su cuerpo cubiertos de sangre, el gato muerto, su madre que llora y se hunde en el miedo y la desesperación. Otro: tantas prohibiciones, aquella estúpida manía de apartarla del resto de los niños de la escuela. Y otro más: ese martirio que se ha repetido a lo largo de su vida, la desaparición de tantas personas amadas y la sospecha, cada vez mayor, de ser ella quien las quita del medio.

Recuerda con claridad cuáles fueron sus palabras la última vez que un hombre le confesó su amor. «Que yo te quiera es lo peor que te ha pasado nunca.» Aquello fue lo que dijo, tal vez esperando que él huyera, tal vez queriéndolo librar de una manera de morir que ella, por otra parte, no es capaz de recordar.

–La herida está limpia. Hemos dado unos puntos. Pasarán varias semanas hasta que los podamos retirar. 

La voz de la doctora logra traerla de vuelta. 

–¿Puedo marchar?

–Será mejor esperar los resultados. El análisis, ya sabe, ha perdido mucha sangre.

Pero la sala de espera huele a orina y a humedad y hay un señor con unas piernas hinchadas y llenas de úlceras que le ha levantado el estómago. De manera que decide dar un paseo, buscar una máquina y tomar un café. 

Es así como termina, no sabe de qué manera, en la planta primera de otro pabellón por donde camina sin rumbo, pregunta a un celador que aun la desorienta más y después se encuentra en un pasillo lleno de puertas. Once, trece, quince. La diecisiete está entreabierta. Le pica la curiosidad. Y es entonces, detenida frente a la habitación, cuando escucha esa voz.

–¿Laura? La madre que me… Te lo he dicho, Laura. Si no vas a ayudarme, si no vas a… ¿Por qué te quedas en la puerta? ¡Laura!

No hay más remedio que entrar. 

–Yo no soy… No soy Laura, señor. Me he perdido, buscaba una máquina donde comprar un café y…

La imagen que tiene delante la ha dejado sin habla.

Serán unos sesenta años. Tiene la cabeza vendada y algo así como una manguera clavada en el cuello. Está tan delgado, tanto, que da la impresión de que solo tiene huesos en la cara y en los brazos.

–¿Nunca has visto a un enfermo? No me mires así, si vas a compadecerme será mejor que te vayas. Tienes una máquina de café aquí al lado, al salir a la izquierda. 

–¿Después, cómo vuelvo a urgencias?

–Están en el otro edificio. Bajas una planta, buscas el pasillo que hace de puente y…

–Tiene los cristales rotos. Los de las gafas.

–Ya lo sé. No tiene importancia. ¡Otra vez esa mirada! No me interesa arreglarlas. Dime una cosa, a ver, si supieses que vas a morir, ¿te preocuparían unas gafas rotas?

–Pero ¿cuánto tiempo? ¿Cuándo…?

–Ojalá mañana. 

Ella se pone en pie. Esta dispuesta a marcharse y en cambio: 

–No tenéis ni idea. Ni de los dolores, ni de la angustia que es vivir así, aquí, sabiendo todo el tiempo lo que va a pasar. ¡Eh! Tú. No te vayas. Tienes pinta de poder ayudarme. 

Después habla de su hija, Laura, esa puritana egoísta que se ha negado a echar una mano. Y habla de sus infiernos y sus deseos de morir, jura que ha estudiado el cómo y que será rápido. 

–Todo lo que puede pasar es que te equivoques de dosis. No pasa nada, no es más que otra forma de hacerlo. Ayúdame. Nadie sospechará nunca nada. 

Pero a ella la esperan en urgencias y debe salir de allí. Abandona al señor de los cristales rotos, olvida el café, espera al alta. 

Pero esta noche, enterrada en sus sábanas, vuelve a pensar en él. Y comprende, claro que lo hace, la necesidad de huir que tiene un hombre que sabe que todo lo que para él queda en esta vida, no es más que sufrimiento y horror.

De manera que vuelve, a la mañana siguiente. Apenas son las cinco cuando entra en la habitación sin saber qué decir.

–¿Vienes porque has decidido hacerlo? 

–Vengo porque he comprendido.

Recibe las instrucciones con una disposición religiosa. Toma notas, hace preguntas, parece sencillo. Después carga la jeringa y en el momento de la verdad: 

–No. 

–¡Cómo, no! ¿No podrás vivir con esto? Hay que ser egoísta…

–No. Yo no soy capaz de matar a nadie. 

Ni siquiera suelta la jeringa. Da media vuelta, echa a correr y una vez en la calle, continúa trotando, llora, suelta una carcajada y por primera vez en mucho tiempo se siente feliz.

No, ella no es capaz de matar a nadie.

Ella.

Ella no.

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