El paso del tiempo.

De todo cuanto poseo -y lo digo así, como si fuese mucho -, sobresalen, en el inventario de lo más querido, una colección de tres tazas que hace años eran seis u ocho, con sus correspondientes platitos.
Si las elijo es quizá porque al mirarlas veo, en la forma acampanada con que la porcelana se curva, se hace más gruesa y después vuelve a adelgazar, algunos de los trazos de mi propia historia.
No demasiado grandes pero sí lo suficiente -como para manchar la leche con grandes cantidades de café -, las tazas que me regaló mi madre hace años que dejaron de ser blancas. Muestran, talladas en la superficie, unas flores pequeñitas que dan la vuelta al borde y a su asa única. Y cuando una acerca los labios y percibe el olor de la bebida caliente, cuando hace sonar la cucharilla contra el níveo apagado que ya roza el amarillo, entonces se cierran los ojos y se desandan algunos siglos, se sienten las calles de Londres, el caminar de las damas, la hora del té.
Y en el fondo, como para recordarme que ese es el asa que empuñaba cuando estudiaba por las noches, cuando era apenas una niña que mojaba las galletas en chocolate, unos rayones teñidos de marrón han calado hondo, da igual cuánto se frote, nunca se acaban de ir.
De cualquier modo, hace tiempo que dejé de intentarlo. He descubierto que en el desgaste, en la vejez de mis tazas es donde reside su valor: no son solo eso, unas tazas; son las mías, las de mi madre, y a través de sus poros, si estoy atenta puedo oírlo, lo que fluye es el paso del tiempo. ☕️☕️☕️

En el desgaste es donde reside su valor.

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