Fred.

¿Quién iba a pensar que aquella fuese su verdad? Imaginar siquiera, acaso sospecharlo. El frémito descompuesto, pum-pum, a pie de escalera, pum-pum, el ojo tras la mirilla, pum-pum, escondido junto al árbol frente al edificio de arenisca. Inventaba observatorios desde los que dejarse cegar, parapetado y hasta las cejas de pudor, por el contoneo y la melena aquella a lo garçon en la tantos rubios convivían, tantos, que uno no podía adivinar cuál sería el natural. 

Olfateaba, la sentía venir. 

En ocasiones se recostaba en la chaise longue, se entregaba a uno de esos combinados que ella le había enseñado a preparar, abría las ventanas, aguzaba el oído y entonces ocurría: la escuchaba reír,  y armar fiestas y líos, tocar la guitarra, cantar. 

La quería. De un modo tan limpio, tan depurado de deseo o necesidad o cualquier otra trampa. Era más que amor, una suerte de fascinación que lo arrancaba de este mundo y le hacía feliz, aunque la felicidad durase apenas un momento.

Soñaba con otro cuerpo y otras piernas, otra vida, un imperio de verdad en que había sabido procurarse lo que tanta falta le hacía. Se contemplaba en el espejo, aquellas noches en que un deseo inexplicable le prendía fuego, y la nostalgia se lo llevaba lejos, allí donde algún día plantaría su realidad. 

Era entonces cuando se echaba en cara, entre otras cosas, esa falta suya de carácter que le impedía pisar con fuerza y revolcarse en el mismo fango que Holly.

–Cobarde.

Y enseguida se daba la vuelta, aquella vida no era para él. Porque una cosa es lo que se siente y otra lo que se muestra, qué se le va a hacer. 

Sufría tanto aquellos desengaños a los que con frecuencia se sometía, que en una ocasión deseo no volver a verla nunca más. De manera que esa otra noche, cuando supo que su deseo se había cumplido, un dolor en la boca del estómago comenzó a abrirse paso, parecía señalarlo con el dedo, culpa tuya, Fred, por envidioso, has sido tú. 

Pero se había ido. Tuvo que repetirlo tantas veces para llegar a creerlo, instalarse en esa nueva realidad en que Holly no volvería a despertarle el sueño de una noche eterna en que el titilar de los diamantes y los pitillos y las copas y aquella simpatía suya se tornaban una única cosa, una dimensión a la que tal vez pertenecieran ellos dos. 

Nadie que se lo haya cruzado alguna vez, que haya sido testigo de su semblante o sus principios o su manera de vestir podría imaginar que, al caer la tarde, tras las ventanas, a media luz se viste de negro, se pinta los labios, cubre sus ojos con unas gafas y el cuello con perlas; y bebe y baila con el gato que se ha buscado para paliar ese vacío tan hondo, esa herida en el pecho que es el echar de menos, echarse de menos, tambalearse en la cuerda floja del no-saber-quién-soy.

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