Los hijos de María Fernanda.

Se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por aquellas que permanecen desatendidas”

Santa Teresa de Jesús.

Siempre supo que era estéril. Desde que era una niña. Andaba de aquí para allá y todo el tiempo rumiaba la idea. En ocasiones se sentía vacía, otras todo lo contrario, apenas un saco relleno de piedras, un lastre inútil que habría que largar. Conocía chicos y se dejaba besar, bailaba con ellos y los invitaba a comer helado en el patio de su abuela, una sibarita ilustrada que cada verano elegía varios sabores y desde Italia, se los hacía mandar. Pero nunca se permitió enamorarse. Era verlos aparecer, intuirles una sonrisa más amplia de lo que cabría esperar o escucharles cualquier salida de tono, Fernanda, te he echado de menos, ya moría por verte o creo que te quiero, y enseguida Fernanda se echaba atrás, les daba con la puerta, tienes que marcharte, mira, si no sabes nada, no soy mujer para nadie y un etcétera de nunca acabar.

Lo sabía porque era igual que su tía, una hermana de su padre de la que había heredado la cara, las manos, el pelo y hasta el andar. Ella también lo era. 

Estéril, ya se sabe. Infértil. Infecunda. Árida. Yerma. Ineficaz.

Palabras que la dejaban hueca. 

Hasta que conoció a Perico. 

Porque a los ojos pardos, la simpatía, los veinte años de aquel muchacho del barrio no se supo resistir. Desde aquel baile en la verbena, el cigarrillo a horcajadas sobre la moto y las cervezas a la orilla del mar, adivinó Fernanda que el momento del adiós iba a dolerle hondo, cómo decirlo, lárgate Perico, no sería capaz. 

De manera que cuando él la miró valiente, dejó ir aquel suspiro, te quiero, y ella supo que era el final, se armó de valor, la pobre Fernanda, y una vez más: 

–Es que no puedo, Perico. Tienes que saber, conmigo nunca serías papá. 

Tragó mocos y lágrimas, expuso sus motivos. Perico reía incrédulo hasta que al final: 

–Si de verdad lo crees, a mí no me importa. Otra cosa es lo que sientas tú. 

–¿Es que no me has oído?

–¿Tú quieres tener niños?

–¡No puedo!

–¿Quieres?

–No es cuestión de querer. 

Así es como llegaron a aquella tienda, la última de la feria, una carpa hecha con telas de alfombra, humo y bolas de cristal. Perico juró haber escuchado a las vecinas del pueblo relatar varios milagros atribuidos a madame Leonie, de manera que Fernanda cerró los ojos con la fe de quien necesita una esperanza, y se dejó llevar. 

Era necesario buscar a esa tía, arrancarle el útero y machacarlo, mezclarlo con la tierra, aguantar hasta no se sabe qué luna y pronunciar de madrugada no se sabe qué palabras. Después esperar. Y Fernanda deseosa de dar un hijo a Perico, y Perico incapaz de negarle nada a ella, nada que hacer, llegar al pueblo de la tía paterna, preguntar por ella, asistir con angustia a la noticia de su muerte, perseguir su lápida, aguardar a la media noche y desenterrarla, con la nariz tapada y las ganas de vomitar, cavar, destripar y dar con el órgano, ya lo tenemos, hay que largarse, vuelve a esconderla, vámonos ya. 

De manera que la noche de su boda, Fernanda y Perico estrenaban aquella cama en la habitación del nuevo hogar, y lo hacían convencidos de la llegada de ese primer hijo que les cambiaría la vida, el segundo para acompañar, otros tres para sumar cinco y al sexto no lo esperaban, ni al noveno ni al décimo y así es como aprendieron que la magia siempre viene con un precio, que a veces uno tiene que aprender a ser feliz con su realidad. 

Hace años que se aman en la distancia. No se pueden ni mirar. A nada que Perico se acerca a Fernanda vuelve a suceder lo mismo, y ya van treinta niños y además no se les entiende, porque cada uno habla un idioma y cuando son bebés, cada vez que lloran muere alguna señora del pueblo y así no se puede vivir, con tanta culpa, tanta pena y tanto que pagar. 

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