Maga (*)

−No es un buen momento, Maga.

La cabeza enterrada entre las manos, un refriegue de gato perezoso o de viejo que recién despierta. Algo así pero con otro acento, el chorreo meloso de Argentina, ese dejar caer las palabras como caramelo derretido pero basta, habrá que cepillarse las metáforas y dejar de lado esta retórica recalcitrante que no hace más que distraer a quien me lee de lo que de verdad importa: los ojos de La Maga, sus manos tristes y aquella tiritona al borde de la cama. 

−Nunca lo es, realmente. 

Y tiene razón, acostumbrada como está a la negativa, la cara vuelta hacia otro lado y esos ojos que no la miran desde hace tanto. De manera que implora, de rodillas si es que hace falta, le pasa la mano por la espalda y en un suspiro apela al pasado, te acuerdas, los recuerdos dejan de serlo y otra vez son ellos dos ahí, juntos frente al escritorio. 

−Y Horacio…

−De él no quiero hablar. Me lo hiciste complejo, Julio. Me lo fabricaste con todos esos huecos, ese vacío inmenso que era imposible de llenar. 

−Te quería. Te quiere aún. Otra cosa es que no supiera nadar, que se ahogara de tanto buscarse, Maga.

−Horacio nunca me llamó así.

Exclamaciones, entonces. Miradas furiosas y no seas absurda, Lucía, la discusión ha sido tremenda pero ella nunca fue de bajarse del burro y lo que está claro, claro está y…

−Nunca lo hizo. Solo contigo he sido La Maga. 

¿Qué se le puede decir a una mujer que llora, que te mira con toda la cara mojada y te recuerda lo que fuisteis entonces, cuando ella aún no vivía más que en tu cabeza y era solo tuya y andaba tan viva y era tan real? ¿Qué se le puede decir, Julio, si apenas sientes el olor a mar y el pasillo se te llena de arena de playa, apenas recuerdas su perfume tú ya sabes que se acerca, que ha vuelto para llevarte y recordarte que solo porque no podías tocarla fue que se la dieras a Horacio Oliveira? Si te has negado a escucharla durante todos estos años, porque sabías que nada más prestarle atención iba a ocurrir, que volverías a ser cielo y claraboya y Saint Germain, y a buscarla por los puentes que tú mismo tuviste que inventar.

−Pero ahora es otra historia. Tú siempre vas a ser tú, Maga, pero están los cuentos también, y hay que dejar ir y recomponerse, volver a ser lo que se era. 

Pero la Maga no va a permitir un punto final. Esta vez no. Después de tanto golpearle los tobillos, rascarle la nuca y gritarle al oído sin llamar su atención, ahora que lo tiene delante y ha conseguido que la mire a los ojos…

−¿Qué hay de mí, entonces, viejo? ¿Qué es eso que tengo que volver a ser, si me dejaste a medias?

Y por ahí sí que no, Maga, insinuar que el maestro dejó un personaje inacabado, valiente, ya deben ser inacabables tus ganas de vivir. Ahora muérete de miedo, ¿ves?, Julio se ha puesto en pie y parece dispuesto a rajarte, acabar con el pedazo de papel. 

Pero inténtalo, aunque sea una vez más. 

−Existen ríos metafísicos, dijiste, ella los nada. Pero estoy cansada, ya lo sabes. Lo único que te pido es un descanso, algo de paz… 

−Un buen final. 

Y es entonces que lo pide, medio sonrisa medio puchero, vuelve a escribir sobre mí, viejo, vuelve a escribirme y te juro que no vuelvo ya. Y Julio, ¿verdad Maga?, ha vuelto la mirada hacia atrás y se ha tirado de cabeza al mar que fuiste alguna vez, y ya no es más Julio ni Cortázar, ahora apenas unas líneas y una historia que se lo traga y lo vuelve inmortal, ya lo ha logrado, lo ha vuelto a hacer.

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