Ojo de huracán.

No ha sido fácil volver. Salir, en contra de voluntades y pronósticos, de esa rutina a la que llamo vida, despertar por las mañanas y saber, antes de abrir los ojos, que junto a mí suena el tic-tac del reloj que compré en Las Ramblas, que el edredón bajo el que he muerto es azul, que a mi derecha sigue abierta la ventana y empieza el día y… El desayuno. Café con leche y pan, siempre lo mismo. La ducha, el saludo de la radio, sacar a Nico, volver a casa y salir de nuevo. El ascensor. El vecino del cuarto. El buzón y sus cartas. Y el trabajo. Mucho. Siempre. Almuerzos a deshoras y café. El gimnasio. Sacar a Nico. Otra vez. Volver a la cama. Cerrar los ojos y despertar después de ocho, siete horas y saber que junto a mí suena el tic-tac del reloj que compré en Las Ramblas, que el edredón…

Sí. A mi manera, sí, podría decirlo; podría decirse que soy feliz. Que bailo, cómo decirlo, sobre una cuerda bien equilibrada. La que yo elegí. Y que son muchos los sobresaltos, veamos, esta vida, esta mierda tan injusta a la que han llamado ser adulto y que en realidad… En fin. 

Hubo un tiempo en que no sabía nada, aún, nada en absoluto. Un tiempo en que palabras como factura, hipoteca, préstamo, trabajo, coche… esas hijas de perra, tan duras ellas, no tenían significado para mí. Nada. Aquellos días, los recuerdo bien, a veces incluso siento que vuelvo, aquellos días paseaba por las calles de esta otra ciudad, esta otra a orillas del río al que salté. Parece que fue ayer cuando me fui. 

Y ha sido, después de casi diez años, la llamada de aquel amigo con quien compartí clases y tardes de estudio en la biblioteca de la universidad, lo que me ha hecho volver a estas calles y a este parque que nos vio nacer.

Camino y pienso en él. El incansable Mateo. El eterno soltero. Y en cambio ahora, esa llamada y el traje que he tenido que traer a duras penas doblado en la maleta. Me pregunto cómo será ella, qué le habrá hecho, cómo habrá logrado cazarlo y arrancarle esas palabras que tanto le costaban por aquel entonces:

«Para siempre, para siempre juntos, sin vuelta atrás.»

Nosotros, sin embargo, al para siempre nunca le tuvimos miedo. Claro que nos salió fatal, la jugada. Pero fatal de echar a correr y permanecer diez años así, entregados a la huída y al salto y sin mirar atrás. Llevaba tiempo sin pensar en ella. Meses. Años. No recuerdo la última vez. Al principio era diferente. Las primeras noches en aquella habitación de aquel apartamento en Barcelona, tan lejos de mis padres y mis amigos y de Samanta, aquellas primeras todo era cerrar los ojos y verla, intentar recomponer su voz o su risa y comprender que era imposible, que esos detalles son siempre los que antes expiran y que al final… Al final solo quedan unas cuantas fotos, algún recuerdo de aquellos lazos que hasta entonces han sido casa. 

No entendí nuestra ruptura. Quizá porque jamás fue nuestra, o porque en realidad no se había roto nada. Simplemente ella decidió largarse y dejarme a mí colgado de una sentimiento que estaba, por aquel entonces lo sentí así, más despierto que nunca. 

Después sucedió la vida y sucedió que Barcelona es playa y es chicas y es crecer y hacerme otro mucho más libre, mucho más feliz. Y Samanta fue hundiéndose, era algo inevitable, en la arena y en el fango del olvido más inocente y despojado de intención.

Diez años. Nueve, para ser exacto. Nueve y once meses. Y ahora estoy aquí, de nuevo, y soy otro y paseo por donde solía hacerlo, compro un helado donde solía comprarlo y todo es igual, solo que  ya no soy el mismo. Ella no viene conmigo. Y es ahora, que me he sentado en esta plaza, que sorbo el limón y me regodeo en el barquillo mojado y recuerdo lo mucho que odiabas comer helado despacio y que la galleta se pusiera blanda; es ahora, con los pies aferrados a este verde de la hierba de mi infancia, que cierro los ojos de nuevo y siento que aprieta el corazón. Que es esa voz. Esa que trataba de escuchar en las noches sordas y vacías de nosotros. Es esa voz. La suya. La voz de Samanta. 

Y se acerca y sonríe y vuelvo a verme en el centro, justo en medio de esos dos ojos negros y encendidos. 

Grita mi nombre. Tiembla. Dice: 

–¿Qué es de ti?

Y yo quisiera contarle que tuve que salir corriendo. Que la ciudad entera me quemaba la piel y que el aire se me hacía tóxico e irrespirable empapado de aquella ausencia suya tan inoportuna y tan cruel. Que seguí con vida y disfrutándola pero que en el fondo estaba equivocado, que no he cambiado en nada, que aún soy el niño, sigo siendo el mismo. 

–Vine para la boda, no sé si sabrás…

Y entonces ocurre. A nuestro alrededor, a color y como en un vibrato imposible, bellísimos e irremediables, la vida y el mundo giran y las personas fluyen y son como ríos fluorescentes que se transforman y a su paso arrasan con todo. Un huracán de sueños y pensamientos y cambios de rumbo y nosotros en medio, en el ojo y en calma, tan apaciguados y poco eléctricos como siempre hemos sido.

Y comprendo. Que juntos habríamos sido peores, que era necesario soltarnos con la fuerza de nuestros errores y desatar aquella tormenta que fue la distancia que nos llovió encima. 

Comprendo, Samanta, ahora sí, que también tú debiste sufrir el cambio y que cargaste sobre tu espalda la valentía de ceder al vértigo.  Que sí fue nuestra. Y fue ruptura. Y por primera vez soy capaz de decir adiós. 

Después escucho el sonido del tren que frena y abro los ojos, despierto, ya hemos llegado. De nuevo aquí y qué sensación tan extraña, cómo estará Mateo, ojalá volverla a ver. 

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google photo

You are commenting using your Google account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s