Champs Elysées

Hoy es siempre todavía. 

A. Machado.

 

Creo que empecé a despedirme de ti mucho antes de que te marcharas. Aquella tarde, lo recuerdo bien, llovía o hacía sol, nada importaba. Íbamos a cenar al restaurante aquél, el de los asientos rojos y la tarta de manzana por la que –en más de una ocasión lo juraste –habrías sido capaz de cortarte un brazo. Yo pensaba pedir un vino, no por celebrar, es que me sentía feliz. Al menos así es como hoy me recuerdo, tranquilo, con las manos en los bolsillos y el regusto del cigarro donde te esperé. 

Te diste cuenta enseguida. Y te quejabas, lo recordarás, te quejabas todo el tiempo. Te mataba un poco, decías, te hacía morir aquella manera de cuidarte, esa clase de amor errante con que te convertí en cristal. 

Pero la tarta de manzana, los asientos rojos y el vino apestaban aquella tarde en que el futuro dejó de ser una cena, una conversación con la mujer a la que amaba. 

–Solo serán unos meses. –Y sonreías. –Pronto estaré bien. 

Y en cambio yo, ya había empezado a despedirme. 

Yo no sé si recuerdas, si aún queda un rastro de aquella otra mañana, hace un año, la primera. Ni siquiera sé si realmente ocurrió. ¿Ocurrimos? Hoy, más que nunca, me lo pregunto.

Pedaleabas por la avenida. Aquella sonrisa, la bufanda al viento, tu olor. Tiempo después, alguna mañana de domingo y croissants sobre las sábanas blancas confesaste. 

–Tenía ganas –reíste –, de saludar a cualquiera que me pasara al lado. 

–¿A cualquiera?

–¡No importaba quién! No importaba… Y fuiste tú. 

Aquel dedito helado sobre mi nariz, puedo sentirlo. Y puedo verte pasar, una vez más, por delante de la pared sobre la que había apoyado yo la espalda y esperaba, ya no sé a quién, bajo el sol de la mañana de febrero en que decidiste aparecer. 

Aquella sonrisa. Aquella sonrisa. 

Hubo un tiempo, antes de ti y de tus ojos, en que París y yo éramos una misma cosa. Paseaba derramado por sus arterias, le fluía dentro y ella, esa gran mujer que es, me latía en el centro mismo del corazón. Todos los sueños, todos los libros, todas las vidas que había vivido iban a parar allí, a las calles viejas y vivas de París. Hoy, en cambio, y es algo que me ocurre desde que comenzamos a despedirnos, vuelvo a la Place de Clichy, al Pont des Arts, L´Odeon, Le Concorde… y salgo vacío de encuentros. Ya no hay más Bardamu a punto de partir hacia la guerra, ni más Maga ni más Horacio, no echo de menos a Louki en la puerta de atrás del café le Condé ni temo por la muerte prematura del pequeño Rocamadour. Ya no es París esa fiesta en que habité, durante algún verano al borde de una piscina, con Ernest y Scott y Zelda y aquel deseo infantil de ser uno de ellos, viajar en el tiempo, retroceder. 

Ahora que te has ido, París no es más que tú y tus ojos y aquella manera de hablar y colocarte por debajo de lo que decías. Ya no es más la ciudad a la que huyó mi juventud este escenario sombrío donde vimos nacer nuestro amor in medias res. 

–¡Pero no lo entiendo! –La carcajada infantil, tu risa. –Si el amor no tiene estructura, solo un comienzo, la primera cita, qué sé yo…

Ignoro si logré hacerte entender que antes, mucho antes de aquello a lo que llamabas comienzo, había intuido yo nuestra vejez. Nos había visto, ¿comprendes? Aposté porque nos vi. Éramos feos y felices, el amor de toda una vida había pasado por encima de nuestro colchón y nuestros corazones. 

Aquella sonrisa. Aquella mañana. La primera. Y aquel bonjour que habrías dedicado a cualquier otro hombre. Solo que fue a mí. 

–¿Puede cuidarla por mí? La bicicleta. 

Mi voz en un hilo, pourquoi pas, y luego verte desaparecer tras la puerta de una papelería donde yo mismo solía comprar las molesquine en que garabateaba y flirteaba con los pensamientos ajenos.

Volviste, minutos más tarde, con la bolsa de tela de saco llena hasta los topes. Recuerdo aquella mirada tuya y ahora que caigo sí, es evidente que te habías fijado en mí, que yo ya no era n´importe qui, habías tratado de impresionarme. 

–¿Cuánto tardarás en leerlos todos?

Creo que respondiste con una cifra exacta, un número de días que se me antojó ridículo. Y después ese otro secreto que te morías por desvelar: 

–Leo mucho, porque también escribo. 

A lo mejor te llamé artista, de manera que es usted una artista… Es posible que lo hiciera. O quizá te pedí alguna muestra, poderte leer. He olvidado ciertos detalles que duelen, como aquello que te dije o el timbre de tu voz. Recuerdo, sin embargo, con una claridad que asusta, el sonrojo y tu respuesta: 

–Nunca nadie ha leído nada que haya escrito yo. 

Tenía que ser un milagro. Una mujer joven, una que escribe y busca algún lector. Me buscabas a mí, eso pensé, aunque quizá aún no te hubieras dado cuenta. 

Fue por eso que te invité, bajo el sol y los edificios de Les Champs Elyseés, al sótano donde cada noche aquellos colegas se reunían a soñar. 

–¿A soñar?

–Cerca del Sacré Coeur. Puedo pasar a recogerte. 

¿Cómo no me di cuenta, ya por aquel entonces, de que aquel secretismo alrededor de tu vida, del empleo que tanto odiabas y del que jamás aportaste detalles, tus amigos, tu familia y todo lo que no fuésemos tú y yo, iba mucho más allá del simple temor a dar tu dirección a lo que yo era, un desconocido más?

Te viste, esa misma noche, rodeada de todos los locos que vivían guitarra en mano, ebria de vino y euforia y los aplausos de aquel público frente al que te atreviste a recitar. 

Te rompías, lo recuerdo bien, en cada verso arrancado a esa timidez que ni tú te habrías reconocido. Y levantabas al mismo tiempo, a golpe de roce y pestañeo, este mundo en el que habito solo, esta galaxia que éramos donde nadie más entró. 

Nunca más volveré a pasar frente a la basílica del Sacré Coeur. No es una promesa que me hago. Estoy bastante seguro de que no voy a ser capaz. 

Y eso que camino de vuelta de Montparnasse y cruzo el puente a contracorriente de la aguas de un Sena helado que me invita a saltar. Eso que barro otras tantas calles que también nos vieron y busco, te busco, a ver si vuelve tu voz y me llama. A ver si así logro sentir, aunque solo sea una última vez, el revuelo que eran tus labios cuando era a mí a quien besabas. 

Pero a la basílica no voy a volver. Es posible que ni exista. Que no sea real esa imagen que conservo, con París bajo nuestros pies y tu cabello tan cerca, tan limón, tan tormenta de verano. 

¿Cómo es posible, dime, que tú, que nunca has creído en despedidas ni en la muerte, que reías al miedo y a las noches de hospital, me hayas hecho ir hoy a decirte adiós frente a la tierra que desde hoy nos separará?

Y que me haya enterado por Yvette, esa maldita egocéntrica que rescataste de mi mundo y que solías llamar amiga. Qué llamada, qué falta de tacto, qué grieta tan enorme en medio del suelo donde a duras penas me tenía en pie. 

–Ya está. La entierran mañana. 

De manera que aquí estoy, de vuelta, con la sensación de no haber sido nada tuyo, no haberte tenido nunca, haber inventado tu amor. Vuelvo a la habitación que llamábamos casa, a este techo bajo el que ya no queda rastro de ti ni de tus horas o la voz que tan pronto he olvidado. Y este dolor que quema lo sería menos si esta tarde, entre toda esa gente que era tu mundo, yo me hubiese sentido parte. Ni un abrazo para mí, ni un lo siento. Solo la terrible indiferencia de tus amigos, la presencia de otros  hombres a los que he identificado como el lugar al que huías las noches en que nuestras sábanas anhelaban tu calor.

Después de todo, aquel final que intuí para nosotros se ha borrado en la oscuridad del día. Es inevitable, puedo sentir cómo me diluyo. En medio de todos los instantes que hicieron tu vida, yo no soy más que un punto insignificante, uno que ya no sabe si alguna vez te tuvo cerca, si de verdad sucediste aquella mañana, si habitamos París o, simplemente, alguna noche, te soñó.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google photo

You are commenting using your Google account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s