A la luz de Ceferino.

Ocurre con frecuencia –y cuando digo esto, quiero decir en los últimos tiempos, semanas, meses, años –, que obligados a mostrarnos como tal o cual cosa, revestidos con tanta ropa, las máscaras, todas las capas, tendemos a caminar por la calle así, bien estirados, con la cabeza alta, los corazones hechos coraza y la verdad escondidita. Ocurre que se nos pregunta, por inventar un ejemplo, ¿qué opina usted del naranja?, y a pesar de ser unos fanáticos, nos fascina esa calidez cítrica, dado que se nos ha hecho saber que no es un color de moda, que la atracción por el mismo es un signo de mediocridad y que –esto no nos lo ha dicho nadie, pero es algo que se intuye y a lo que, además, todo el mundo encuentra un sentido –su inclusión en nuestra paleta personal de gustos y aficiones podría estar castigada; como sabemos todo esto, finalmente, deslumbrados de miedo y cientos de cadenas y ardientes deseos de inclusión, respondemos, a la pregunta aquella –¿qué opina usted del naranja? –, con una negación rotunda, un extender los brazos al frente y mover la cabeza hacia ambos lados: ¿el naranja? Jamás lo vi. Nunca entró en nuestro hogar. Somos de negro, señora, o de azul o de verde o cualquier otro color. Evitamos, eso sí, los amarillos o los rojos por miedo a que se relajen, sabe usted, que se mezclen y se acerquen a ese otro color que no nombramos, fíjese, ni lo nombramos y al final…

Alguna vez ha llegado a pasar, porque siempre hay algún loco que se hace demasiadas preguntas o al que, simplemente, novelista frustrado, le apasiona inventar historias, que en algún bar de alguna esquina alguien se ha atrevido a cuestionar la fealdad de este color e incluso, en voz muy alta aunque con titubeos, se ha insinuado que la afrenta no es más que una treta inventada por las más altas esferas –altísimas, inimaginables para nosotros, felices hormiguitas –para aislar y sepultar al –en otro tiempo gigante y poderoso –Ministerio de lo Naranja. 

Claro que esto no es más que una locura sin crédito, una de esas historietas inventadas que aparecen en la revista Sin Nombre que nadie lee, al menos en público. 

Es curioso lo que ocurre con esta revista que no es más que un puñadito de papeles mal encuadernados: no se busca, no se adquiere, no circula; y para no buscarse, no adquirirse, no circular por las calles del mundo, no existe una casa sobre la faz de la Tierra donde no existan montones de restos de Sin Nombre acumulados bajo los colchones, en los altillos y los fondos de los armarios, bajo los listones sueltos de la madera del suelo. Miles de historias recortadas, leídas con humor, recordadas con el cariño que uno le guarda a los héroes de la infancia. 

No se nos ha dicho nunca que no debamos leerla. En los tiempos que corren, tiempos de la verdad y la inmediatez, donde todo lo tenemos al alcance y nada se nos puede ocultar, sería imposible prohibir algo tan tonto como la difusión de una revista. Pero se sabe, es natural, a nadie se le ocurre mostrarla. 

De manera que en todas las casas del mundo, en casi todas, para no generalizar, ocurre con frecuencia que a cierta hora del día, uno anuncia que se retira a dormir, otro se encierra para lavarse los dientes y otro sale al balcón a fumar. Y entonces, bajo las sábanas del primero, tras el lavabo, entre las macetas de ese balcón, aparecen las páginas roídas que se leen con avidez, con urgencia y a escondidas porque nadie más lo hace, nadie más lee esto, es posible que solo yo. 

Una noche me ocurrió, sentado en mi escritorio, apenas iluminado por un quinqué de aceite bajo la claraboya encendida en medio de la noche, escuchaba llover y me adentraba en la cara b del planeta ofrecida por un tal Ceferino al que se había tomado por loco y, acusado de enajenación, había sido desterrado al olvido. 

Recuerdo que pensé: no es de extrañar que los Ministerios de los Colores, el Ministerio de lo Grande, de lo Pequeño, de lo Supersónico, de la Imaginario, de Lo que Brilla y un largo etcétera, todos, en una palabra, se opongan a la divulgación de unas ideas como estas, descabelladas y propias de un cerebro intoxicado de sueños y pesadillas que, de ponerse en práctica, echarían al hombre a perder. 

Cefe inventa, por ejemplo, una máquina del diablo que se llama despertador. Es un aparatejo más o menos pequeño –cada cual elige el suyo, hasta ahí se conserva la libertad –, que suena como un infierno a tal hora de la mañana, con el objetivo de despertarte, es de risa, antes de que el cuerpo lo pida. A esto era necesario, por supuesto, inventarle un motivo, una razón de ser para que cada uno piense que madruga porque así lo eligió. Lo llamó dinero. El dinero es una cosa que lo mueve todo. Camina, se escurre, se cuela en las casas y termina dirigiendo la vida de la gente. Es una necesidad vital. Se convierte en una en el momento en que sin él, no existen el agua, ni el calorcito de un hogar, ni la comida. ¿Cómo conseguirlo, pues? ¿Cómo lograr que nunca falte? Bien; resulta sencillo. Se alcanza, siempre, a través del trabajo. No trabajo como nosotros, como yo lo entiendo. No trabajo de amar una labor y entregarte a ella con el alma. Trabajo en el sentido de producción, de esclavitud y de dependencia. Se transforma, aquello de que nunca falte el dinero, en esto otro: que el trabajo no nos falte nunca. Y se olvidan, puesto que no hay sitio para todo, cosas tan importantes como el amor, la familia, la salud. 

Pero el dinero, ah, el dinero proporciona un estado de embriaguez, lo dice Ceferino, que bien puede valer para engañar a la gente, cegarla a base de lujos y hasta transformar lo que uno llama triunfar. Porque además, y aquí es donde empieza lo bueno, con ese dinero uno puede comprar no solo lo que necesita, sino un sinfín de inventos carísimos que, con gran agilidad, irán convirtiéndose en imprescindibles, denominadores comunes cuya falta, finalmente, agujereará los corazones a base de envidias, de complejos, frustraciones. Se reorganizan, entonces, las luchas; se reordenan las prioridades. Se enfoca la vida, en definitiva, en el objetivo único de conseguir tal cosa, aquello a lo que se le ha puesto precio y ha sido anunciado de las maneras más escandalosas y sutiles que uno pueda imaginar. Finalmente es ese algo lo que nos ciega y mueve el mundo, ¿no? Y será necesario, también, esto no lo ha dicho Ceferino pero lo digo yo, en tal caso, revalorizar el arte, por ejemplo, decidir qué es valioso y qué no. ¿Lo que emociona? En absoluto. Será, más bien, ¿cómo lo diría él? Lo que vende. Lo que produzca, a fin de cuentas, más y más dinero. 

De modo que tiene sentido el despertador, ¡claro que lo tiene! Uno debe madrugar y esforzarse por alcanzar esas metas, ese dinero, esas necesidades tan poco necesarias.

Y se justifican también, porque todo esto lo ha escrito, los enfrentamientos y las guerras y la destrucción de las almas.

Describe también, el amigo Cefe, varios modelos económicos, así es como los ha llamado. Con diferencias importantes, está claro,  unos defienden esto y los otros aquello pero todos, todos giran entorno al mismo eje, es siempre el mismo, ya se sabe cuál, y olvidan los verdaderos motivos, eliminan lo importante y no generan más que infelices necesitados de terapias que duran vidas enteras. 

Claro que no son conscientes del error. Han nacido, por así decirlo, inmersos en ese caos ya viciado e imposible de reconducir.

Suerte que nada de esto es real, que no es más que el sueño de un loco y que para algo tenemos al Ministerio de la Verdad, que vela por nosotros y nos conduce y maldita sea, esta sensación, me estaré volviendo loco, no vuelvo a buscar la Sin Nombre. 

¿Será posible, que en medio de esta felicidad tan cómoda, alguna idea se haya apoderado de mí y esta noche me vaya a ir a la cama con la duda, con el miedo, como poseído por la sensación de que esta organización que sí es real, que ordena el hoy y el mañana, también la han inventado otros y está por tanto viciada y es la pesadilla de un hombre que pasea relajado por el campo antes de que todo cambie y la especie desaparezca como lo que fue una vez… ?

Pero mañana, ya no importa, porque será otro día y en este lugar se vive bien y es lo que he conocido siempre, y también mis padres y mis abuelos y basta de preguntas, si da igual, si tú solo no vas a cambiar nada. 

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google photo

You are commenting using your Google account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s