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2 de febrero de 2020.

Dos del dos.

Cero, dos, cero, dos, dos, cero, dos, cero.

Palíndromo. Número de la suerte. De la buena. De la mala. Me da igual.

Dos-del-dos-del-veinte y no pasa nada, más allá de este sillón giratorio, este laboratorio blanco y la blanca pizarra a quienes alguna vez consagré mi vida. La bata, el frío, el chup-chup de las máquinas en el pasillo y el bullebulle de estos pensamientos míos que cobran vida, brotan, emergen con un brío envidiable y empujan, se vomitan, se revuelven en el aire y terminan por estrellarse rebozados de tinta de rotulador azul y verde y rojo.

El tiempo, la necesidad de explicarlo y comprenderlo y hacérselo entender a según qué compañías, a Ricardo, a papá, a Amelia. Es imposible, de cualquier manera, pero imposible del todo, explicar algo que aún no se alcanza a concebir, que apenas se intuye y se adivina. Todos estos cálculos, los números, la relatividad y las teorías insatisfactorias y mojadas de eso que lo empapa todo desde hace tanto, la duda, siempre, la amarga duda sempiterna. Luego está ese otro problema, está claro, del lenguaje y las cadenas, esa jaula de dimensiones ridículas, minúscula como nuestro entendimiento. ¿Qué se va a poder explicar a golpe de palabras y sintaxis diseñadas por quien nunca pudo hallar las respuestas a las preguntas que jamás se supo hacer? Nada. No se puede. Uno no es capaz de narrar un tiempo que es muchos tiempos a la vez, una serie de presentes inciertos que están pasando ahora, cuando esta es una palabreja tan mal traída, tan acotada, tan limitada a la cresta de esta ola en que navegamos y creamos instantes sin remedio, nuevos ahoras que pronto serán pasados, que en un pasado eran los futuros que alguien soñó.

Que se expande es una realidad innegable, veamos. Que avanza, va hacia adelante. O no. Hemos asumido el sentido del vector y lo cierto es que de ninguna manera podríamos probar que así sea, que no andamos inmersos en un retroceso.

Y aquí está la clave. Maldita sea. La pizarra. El rotulador. Dos del dos… Un retroceso. Un avance. Un caminar hacia el frente que nos conduzca irremediablemente al comienzo. Un círculo cerrado. Un abolir el tiempo, suprimirlo como animales sin reloj que apenas perciben y se dejan

flotar hacia atrás o hacia delante, poco importa. Deambular. Hacer camino y asumir que no ha de borrarse al ser andado, que atrás quedan nuestros pasos, que ahora no existe o existe todo el tiempo en todos los puntos. Poder decir, por ejemplo, ayer estoy llorando porque morirás pronto, mañana moriste tras meses de dura enfermedad. Y atar la cuerda y tensarla, jugar con ella, saltar de llanto en llanto.

Aquí está la clave. Aquí mismo. En el sabor del café que he preparado para luchar contra el sueño, este instante de clarividencia, en el cerrar de párpados cruel e inevitable.

Cerrarlos.

Dejarme vencer.

Despertar sobresaltado.

Dos del dos del dos mil veinte. La lluvia en la ventana. El sol que apenas sale. Este olor a tierra

que me transporta a ese otro día, ese otro dos del dos de hace tantos, tantos años. Aquella tarde, la recuerdo bien, aquella en que volví a nacer.

Me viene a la mente así, como un relámpago, un golpe seco en la mesa o el reflejo en cualquier cristal de esta luz que es la misma que entonces. Puedo ver mis piececitos de niño, las Victoria mal abrochadas y el corre corre tras el bus de la escuela. Sortear las esquinas y quién me mandaría quedarme hasta tan tarde jugando en casa de Iván, no he hecho la tarea y ya son casi las cuatro, la cartera pesa, me cuesta tomar aire, siento que no puedo más.

La lluvia, repentina e inoportuna, el arcoíris al final de la calle de la iglesia, las campanas de un entierro y corre, no te detengas, te van a sancionar.

De manera que corría, sí. Un pie detrás del otro y a veces enredados, tropezaba confundido y hasta caía, volvía a ponerme en pie y continuaba la carrera incansable que parecía no tener fin.

Luego sucedió aquello que logró convertir esa tarde en una de las más importantes de mi vida. El coche rojo doblaba la esquina, prácticamente sin mirar. Los pies alejados del freno, el arcoíris tras la torre de las campanas. Tampoco yo lo vi venir. Escuché el grito de una señora, un graznido que era el anuncio de mi propia muerte, y entonces percibí el estrépito del coche, el morro pegado a mi pecho y cerré los ojos y recé a Dios y vi la cara de mis padres. Cuando los abrí de nuevo, recuperado, de vuelta a la vida que tanto apreciaba por aquel entonces, supe que una mano amiga se había interpuesto entre el sicario de acero y mi cuerpo, que se trataba de un hombre de unos cuarenta años y que había fallecido en el acto aquel de salvarme a mí. Nunca supe de quién se trataba ni por qué, no siendo yo nadie para aquella persona, había llegado al punto de darse hasta el extremo, hasta la última consecuencia de su humanidad.

Aquella tarde llovía como hoy. Una lluvia tímida que sabe que acabará cediendo, que terminará dando paso a la luz del sol y a la primavera que avisa, que aún no llega pero está ahí, ya casi se puedo tocarla. Y esta humedad acalorada, hoy también, me obliga a quitarme el abrigo al salir de la universidad y caminar, y luego me transmite el frío y al tiempo calor y después otra vez frío y uno ya no sabe qué hacer. De manera que me lo dejo puesto y aprieto el paso, cada vez llueve más fuerte y me ocurre que en el pecho, siento nacer una clase nueva de urgencia, será el destino, la impresión llegar tarde a una cita inexorable, un lugar donde debo estar, sea como sea, he de llegar a tiempo.

La lluvia me moja la cara y levanta en los parques un fuerte olor a tierra. Al final de la calle de la iglesia, detrás de la torre de las campanas… El arcoíris, el repique como de entierro, el derrapar de las ruedas de un coche y el chiquillo que cruza, no puede ser, el jersey de uniforme, las Victoria rojas mal abrochadas, la espalda encorvada por el peso de la cartera.

Sé lo que viene. Reconozco al chico y comprendo lo que va a pasar.

Y le queda tanto aún, tanto por ver, por vivir, por probar, por amar. Le queda tanto, lo sé. Que llegará tarde a clase pero se libró del castigo por todo esto del accidente; que hace dos años lamentará la muerte de un primer amor pero después se ha casado con Amelia y es feliz. Todo eso lo he vivido yo, lo he disfrutado yo y ahora es él quien lo merece, es él quien debe tenerlo en pie.

El derrape. El graznido de aquella señora.

Sé que no hay tiempo y entonces salto, con las manos al frente atrapo al chico y lo escupo fuera. Es un instante, ya está, se cierra el círculo y puedo verlo todo. Ahora lo sé. Resulta sencillo.

Hace un momento perdí la vida para salvar la de quien soy ahora y asegurarme un futuro como el que recuerdo y… Pero no, así no puede ser, todo esto hay que borrarlo y comenzar de nuevo…

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