amor de escaparate.

–¿Prefieres el rojo o el blanco?

–Los dos, no lo sé. Ambos están bien.

–¿Ambos están bien? ¿En serio? Alguno será mejor, Ricardo, haz un esfuerzo…

–Pero es que me gustan los dos, es la verdad. Mejor aún, más cierto, la que me gusta eres tú. Da igual qué jersey elijas, estás estupenda, mírate, ¿ves?

La toma por el brazo y la atrae hacia él. Después la obliga a girar. En el espejo, Ricardo sonríe a esa imagen de los dos. 

Sale del baño. Desaparece. Ya está, piensa, ha logrado zafarse. 

Elena lo deja ir. Por esta vez. Van tarde, además, y no desea discutir con él. Elige el rojo, después los pendientes, el abrigo, las botas y listo, podemos irnos, no olvides el vino, ¿conduces tú?, creo que no queda lejos y vamos, amor, voy llamando al ascensor. 

Es una verdad innegable. Nadie se ha atrevido a cuestionarla desde hace al menos once años. Son –y siempre lo han sido, desde junio del 2008 –una pareja encantadora, casi perfecta, Elena diría que ideal. Ambos esbeltos, bien empleados, inteligentes y bellos, elegantes y bueno, poseedores de todo cuanto un matrimonio de su edad ha de ambicionar. 

El coche ha saltado a la noche. Elena observa a Ricardo, el rostro iluminado por la luz roja del semáforo. 

–¿Prefieres la radio o elegimos música?

–Como quieras, el camino va a ser corto…

–Algo preferirás. Es posible que tardemos, ya sabes cómo está la entrada. Carlos vive en el centro. Puede ser hasta media hora.

Ricardo sonríe, la mira de reojo y se encoge de hombros. 

–Elige tú, que siempre aciertas. 

De manera que circulan. Siguen el ritmo que marca la respiración del violín de un tal Ponty que Ricardo no logra ubicar. Elena guarda silencio, observa el tráfico, pronostica la impuntualidad. 

–No vamos a llegar. 

–Sí lo haremos. Algo tarde, puede ser, pero lo haremos. 

Hasta que finalmente, perseguidos por la urgencia y el deseo de aterrizar en su destino, logran alcanzar el centro mismo de la ciudad. 

Buscan un parking. Alguno que quede cerca del edificio donde vive Carlos y que no tenga unas tasas demasiado altas.

–¿No estamos lejos?

–Quince minutos, veinte a lo sumo. Tiene setenta y dos plazas libres, mira. Es mejor quedarnos, Elena, no arriesgar. 

De modo que se adentran en la oscuridad resonante del garaje, el laberinto de columnas y coches ajenos que quizá no volverán a ver. 

–Nunca había visto un garaje como este. 

Una circunferencia, una pendiente sempiterna, una bajada constante como de caracol infinito. 

La primera planta está completa, de manera que bajan y bajan hasta la segunda, la tercera, la cuarta…

–Está lleno, Ricardo. No hay nada que hacer. 

–Pero en la puerta decía, en el letrero…

–¿Qué más da el letrero? Si lo estás viendo. Ni una plaza, mira, ni una…

–¿Qué hago, entonces? –Ricardo continúa la bajada. Despacio, a golpe de freno y embrague, menos veinte, veintiuno, veintidós y restando. –¿Sigo? ¿Salimos?

–¡Yo no quiero decidir! Siempre lo hago, joder. 

Planta menos cuarenta. El coche se detiene, queda suspendido en medio de ese olor tan rancio, como a gasolina y humedad. Todas las plazas están ocupadas, también aquí. Ricardo mira a Elena, furioso como nunca antes se lo ha visto. 

–¿Qué es lo que decides, a ver?

–¡Todo! La música que escuchamos en el coche, la comida que comemos, los lugares a los que vamos…

–El plan de esta noche se me ocurrió a mí… 

–¡Fue una idea de Carlos! Él nos invitó a conocer a esa pareja suya que a saber… Pero no es el tema. La cosa es que nos invitó él. Tú solo accediste a ir. Y llevas este vino que mira, ¡sorpresa!, también lo he elegido yo.

Guarda silencio, Ricardo, que de repente se ha quedado sin ideas. Suelta el freno y reanuda la marcha.

Cuarenta y uno, cuarenta y dos, cuarenta y tres…

–¿Qué problema hay con la novia de Carlos?

–Ninguno, no…

Pero ha agachado la cabeza, Elena, y Ricardo la conoce bien. 

–¿Qué problema? –Insiste. Continúa bajando. 

–Si no la conozco, Ricardo… Será una más, una amiga, ya sabes que las pierde, las va dejando ir…

–Esta vez va en serio. 

–Lo dudo. 

–Es lo que ha dicho. Quiere casarse con ella. 

–¿¡Qué!? ¡No puede!

Piso menos cincuenta. Ricardo detiene la marcha. Apaga el motor. Freno de mano y se apea. Hasta aquí podíamos llegar.

–Cuéntame qué pasa, Elena. 

–¡Cuéntame tú! ¿Qué hacemos parados? Tampoco aquí hay plazas libres, de manera que… O  nos vamos o seguimos buscando, pero aquí no podemos estar.

–No voy a moverme hasta que me lo cuentes. ¿Por qué te molesta?

Es inevitable, ya no puede parar. Contra la frente y por todos lados, Ricardo ve cómo se estrellan las pistas, las sospechas, todas las veces que su mujer le ha ocultado la pantalla del teléfono, las sonrisas y el descaro de ciertos roces a priori inocentes y sin querer.

–Es que no quiero que se equivoque. Es nuestro amigo, después de todo y…

–¿Te gusta?

–¡No! 

–Mientes tan mal. Y te conozco tanto que hasta me duele. ¿Es él quien te escribe todas las noches? –Elena calla. Otorga. –¿Te has acostado con él? Guardas silencio, qué bien… ¿Cuántas mentiras, Elena? Dime cuántas más. El viaje a Francia, con tus amigas… Ya. Y el fin de semana pasado, en casa de tus padres… ¿Estabas con él? ¡Maldita sea, dímelo! ¡Estabas con él!

–¡No! –Y esta vez es sincera, su marido lo sabe. –¡No estaba con él! No me he acostado con Carlos… –Vuelve a mentir y a delatarse, con esa manera infantil de sonrojarse. –En años. 

–¡En años! ¡Bien! O sea que alguna vez… 

–Volvamos al coche, Ricardo. Te lo pido por favor. Volvamos. Dejémoslo, salgamos de aquí y después, lo juro, te lo cuento todo. 

Él accede. Vuelve al coche y al gira gira de este garaje maldito que parece no acabar jamás.

–¿Cuándo?

Elena hace un esfuerzo. Traga saliva y se arma de valor. Debe contarlo, no hay marcha atrás. 

–Hace seis años. Durante tu estancia en…

–En Londres. El máster. ¡Me cago en la puta, Elena! Estaba estudiando, joder. ¡Labrando este futuro del que disfrutas! Y tú, mientras… –Se muerde la lengua. No desea repetirlo. –¿Cuántas veces? 

–Solo una. Quiero decir, muchas. Muchas, pero solo aquella vez. Durante aquellos meses. Después de eso nada, lo juro. Enseguida vi que estaba mal. 

–El día de nuestra boda, Elena… –Una bocanada de bilis le ha venido a la boca. –Bailaste con él más que conmigo. Yo estaba tranquilo, claro… Y veo como te mira, como lo miras tú a él. Sé que habláis de todo eso que…

–¡Tú siempre estás a tus cosas, Ricardo! Yo…

–Te aburres. Pobrecita. ¡A ver si te crees que yo no echo en falta una mujer más… más… !

–¿Más qué?

De un volantazo, Ricardo esquiva la columna contra la que ha estado a punto de chocar. Planta menos setenta y dos. También sin plazas libres. Vuelve a detenerse. Un golpe en el salpicadero sobresalta a Elena.

–¡Vas a romper el coche! ¿Qué haces? ¿Por qué  golpeas? ¡Y dime qué quieres decir con más!

–No te imaginas, Elena… –Ricardo susurra y deja ir entre sus dientes el gravísimo esfuerzo de contención. –Tú no eres capaz de imaginar la cantidad de mujeres con las que me he cruzado, mucho más guapas, más cultas, más interesantes que tú. 

La fulmina con la mirada. Elena se siente llorar. 

–¿Has tenido líos con alguna?

Ricardo ríe, nervioso. También su mujer lo conoce a él. 

–¿Estás enamorada de Carlos?

–¿Me has engañado con otra, sí o no?

–Si lo preguntas es porque, de alguna manera, ya conoces la respuesta. 

Elena se deja caer. Se escurre en el asiento, se abraza las rodillas, entierra el rostro entre sus manos y tiembla de rabia y frustración.

El coche vuelve a reanudar la marcha. Planta menos ochenta, ochenta y tres, noventa…

–¿Cuántas han sido?

–Es lo de menos. 

–¡Más de una! ¡Y tú te atreves a juzgarme por haber estado con tu amigo hace seis años! ¡Seis años!

–Sigues hablando con él. 

–¡Por supuesto que lo hago! ¡Me fugaría con él! ¿Entiendes eso? Me perdería. Jamás podrías encontrarnos… Es que tendría que haberlo hecho. Entonces, cuando aún estaba a tiempo. Y ahora va a casarse y…

–¿Entonces? ¿Cuándo? 

–¡Cuando me lo pidió! Antes incluso de casarnos. Pero la boda ya estaba lista, las invitaciones enviadas, no era posible y ahora…

–¡Ahora pasa de ti! –Ricardo ríe cruel. –¡Lo que son las cosas! Han pasado los años, has perdido encanto. Tu marido prefiere a otras y Carlos va a casarse con una tal Lucía…

–¡Maldito hijo de…! ¡Cierra la boca!

En un instante de ira, Elena golpea el brazo con que Ricardo maneja el volante, el coche se desvía y obliga al conductor a frenar en seco. Ella golpea de nuevo, fuerte, en el pecho y a doler. Él la sujeta por el brazo, emplea toda su fuerza y se deshace del contacto con ese cuerpo al que no ama. 

Planta  menos ciento veintidós. 

–A lo mejor nunca debimos casarnos. 

–A lo mejor. 

–Pensé que podría cambiarte. 

–Pensé que te quería más. 

Bajan del coche. Toman aire del poco que queda en este lugar. Ricardo busca en el maletero y da con un abridor, la botella de vino y una bolsa con patatas fritas. 

–Vamos a brindar. 

Beben. Se miran. En silencio se contemplan y estudian al otro. Sin éxito, buscan un motivo para quedarse, se preguntan cómo han aguantado tanto. 

Vacían la botella. 

Borrachos y sedientos de más, vuelven al coche. 

–¿Por qué hemos brindado?

Ricardo mira a su mujer. Mete primera. Suelta embrague y continúa bajando. 

Sonríe, tal vez más guapo que nunca. 

–Por nuestra eterna, eterna infelicidad. 

Elena vuelve la cara. Mira por la ventana. La pared blanca se le viene encima. Se asfixia de claustrofobia, deben estar a un kilómetro bajo tierra. Está asustada y de algún modo, se echa de menos. 

–¿En qué planta estamos?

–Menos doscientos… Todo ocupado. ¿Una más y abandonamos?

–¡Por fin decidiste algo!

Ríen juntos, se secan el llanto. 

En la doscientos uno, un Peugeot rojo abandona su plaza. Justo a tiempo. Ricardo mira el reloj. 

–Las diez menos cuarto. Si nos damos prisa, seguro que llegamos. 

Elena asiente. Suspiran aliviados. 

El coche queda aparcado, ellos bajan y al mismo tiempo, elevan la vista al cielo, el agujero profundo, las doscientas vueltas del gusano. 

Buscan un ascensor y suben. En el espejo, las miradas se cruzan y renuevan el pacto. 

–¿Se nota que he llorado?

–Apenas aquí, pero no es nada, tú siempre estás guapa…

–No tenemos vino. 

–Compraremos otro, de camino, puedes elegirlo tú.

Después oyen el clíc de la planta cero y el garaje los escupe al fluir de la vida, el frío oscuro de la noche y las calles concurridas de esta ciudad en que vuelven a vestir sus máscaras, sonríen perfectos y se dan la mano. Con un esfuerzo no demasiado grande, se sacuden las verdades y se sumergen en el dulce abrazo de las mentiras. Porque así lo han decidido, olvidan, olvidan, olvidan….

 

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