Con las manos por delante.

Esto del tiempo es complicado, me agarra por todos lados. Me empiezo a dar cuenta poco a poco de que el tiempo no es como una bolsa que se rellena. Quiero decir que aunque cambie el relleno, en la bolsa no cabe más que una cantidad y se acabó. 

J. Cortázar, El perseguidor.

 

Hace rato que apagaron las luces. Unos focos blancos, como aquellos que me obligaste a colocar en la cocina de nuestra segunda casa. No creo que los recuerdes ya, han pasado tantos años. Pero yo aquella mañana no la olvido. Subido a la escalera plegable, sumergido en el olor del guiso que andabas preparando y en el ir y venir de tu voz, todavía de niña, dando instrucciones de marisabidilla, siempre lo mismo… Vuelve a mí, ¿quieres creerlo? Vuelve con una cierta cadencia y entonces te veo. Creo que estabas embarazada. De Nico, ¿puede ser?

En aquel tiempo, sin embargo, no molestaba tanto esta luz insoportable. Pero no tiene importancia, ya. La han apagado. Y han cerrado la cortinilla, también, creo que para aislarme del resto. Como si fuese posible, ¿sabes?, descansar en un lugar como este, cerrar los ojos, ignorar el ruido de los monitores, la frialdad aséptica, las toses de los otros… O esta maldita aguja –la vía, la han llamado, pero no lleva a ningún lado –, que no me deja mover el brazo. 

Lo peor es que la doctora, una niña, Reme, no te lo creerías, pero ella ha dicho que lo era, la doctora, de manera que… Me ha dado las buenas noches –yo no sé ni qué hora es –, con una sonrisa y unos ojos de creer, pero creerlo de verdad, que voy a pasarla aquí. ¡Debe ser una broma! Dormir en este lugar… No pienso a hacerlo. 

Trato de levantar el brazo. Pero esta aguja, maldita sea, no me puedo mover. Tengo sed y un hambre del infierno, y he de ir al lavabo.

–Necesito ir. –No es la primera vez que lo pido. El enfermero, otro bebé, debe estar cansado y en cambio: –De verdad se lo digo, necesito ir. 

–Pero se lo hemos explicado, ¿cómo era su nombre? –Porque para esta gente solo soy un número, una cama, la trescientos once. –¿Federico? –Pero ah, se acuerda, sí. –Federico… Se lo hemos explicado varias veces, venga… Tiene una sonda, ¿comprende? No le hace falta el baño. 

Se larga. Ha vuelto a cerrar la cortina. –Está sucísima, Reme, si la vieras… –. Ya se va. 

Vuelve a ser noche cerrada. Necesito salir de aquí. 

Todo este asunto es tan irritante… Ya dese la residencia me olía mal. Desde el primer momento, madre mía, cuando han agarrado la silla y me han empujado hasta la enfermería. A rastras, literalmente, privado de voluntad. ¿Y qué culpa tengo yo, qué culpa, de que estas piernas estén cansadas y viejas? Tener que andar con la silla a cuestas, siempre…

Y mira que he suplicado, que he jurado encontrarme bien, enfermera, que a mí no me pasa nada… Y la enfermera tan insistente, tan termómetro y sonrisas y vamos, Federico, vamos al hospital que esta fiebre es muy alta

Mira que les he dicho, les he contado, Reme, que yo a mi mujer no la puedo dejar. Ni compañía ni nada, se lo he dicho a todos, que a ti solo te calma mi mano. Pero nada. Como el que oye llover, te lo juro. A veces pienso que los viejos caemos en un hoyo profundo, un agujero de los que estudia Nico, hace unas semanas me estuvo contando. Te meten, ¿cómo dijo?, en otra dimensión. No lo entendí aquel día, asentía porque no era capaz de acabar con toda esa emoción. Pero hoy, negándome a voces en la enfermería, por el pasillo y hasta en la ambulancia… Te juro que me he sentido invisible, Reme, como si no pudieran oírme. Y de hecho, solo por comprobarlo…

–¡Necesito ir! ¡Joven! ¡Necesito ir al baño!

Pero no contesta. Ya nadie lo hace.. ¿Es posible que se hayan ido a dormir? ¿Es posible?

Y todas esas preguntas absurdas, primero en la residencia y después en las urgencias de este hospital que huele a sopa y a alcohol de desinfectar los baños. ¿Sabe dónde está? ¿Sí? ¿Dónde? ¿Es verano o invierno? ¿Conoce a esta otra mujer? ¿Ve este dedo? ¿Y aquí, lo ve? Sígalo con la mirada, Federico, sin mover la cabeza, así… Y así, sí, parecía un juego de niños. Como los nuestros, Reme, cuando nos escondíamos o bailábamos alrededor de las sillas y Pedro lloraba con rabia porque Nico siempre fue más ágil y él nunca supo perder.

¿Tú te acuerdas de los berrinches de nuestro Pedro? ¿De cómo se burlaba Nico y el modo en que nosotros nos tragábamos la risa y poníamos esta cara, así, como de serios…? No, lo sé. Ya nunca recuerdas nada. A veces, perdona, sí que existen esos momentos, instantes pequeñitos, en que me miras y parece que vuelves a verme a mí, a tu Federico querido, incluso parece que vas a proponer una salida, unas cervezas en la playa, o que vayas a recordarme alguna de las bromas que jamás me llegaste a perdonar y que aún hoy podrías echarme en cara. Pero desapareces enseguida, ¿no? Al final siempre te vas y te asustas y te hacen falta mi voz y mis manos para calmarte y volver a casa. 

Mi voz y mis manos, Reme, ya lo sé. Te hacen falta. 

–Necesito ir al baño. ¡Enfermero!

Esta vez no he alzado tanto la voz. Apenas un susurro, ¿sabes? Lo justo para no despertar al personal. Creo que todos duermen. 

De repente, lo que son las cosas, una tarde de los dos me viene a la mente. Me había metido en el agua helada del mar de enero y tú te negabas a seguirme. Yo gritaba, recuerdo bien lo que decía: 

–¡Si no lo haces ahora, después lo vas a echar en falta!

Y venga, Reme, atrévete. No seas cobarde, no seas cobarde, no lo seas, no

De manera que no lo voy a ser. Todos duermen aquí, tú me necesitas cerca y yo no pienso dormir si no es a tu lado. Ni una noche. Hace años que lo juré. 

Lo hago, ya está. Lo peor es la vía. Tú más que nadie sabes cuál es mi relación con las agujas y la sangre y… ¡La sonda! Madre mía, Reme, la sonda… Pero no pasa nada, no existe el dolor. Solo tú y este capricho tuyo de volver a la infancia, haber vuelto a estas alturas del partido.

Fuera, se acabó. Ahora solo queda correr, porque de repente corro, qué cosa tan extraña. Debe haber sido el suero o las ganas de llegar a ti y comprobar que te han dado tu pastilla, que tienes cerca un vaso de agua, que estás bien arropada… Corro. Con el camisón abierto, las vergüenzas olvidadas y las manos por delante. Escapo. Se abren las puertas y un guardia grita, ¡dónde va ese enfermo!, pero nadie me alcanza y ya estoy en la calle. Cambio de acera, cruzo y esquivo un coche, un autobús y tres motos. Y buenas noches, doctora, porque la he visto salir de la cafetería con una vaso de cartón y esas ojeras de sueño. Me responde. Demasiado tranquila. Buenas noches. No sabe quién soy. Supongo que habrá quedado aturdida, como en un sueño. O tal vez, tal vez… Pero no. No puede ser.

Ahora, que vuelvo a mirar mis manos y busco el pigmento y la marca de la vejez, veo que no están. No están. Y corro. Ágil, Reme. Yo, que apenas me puedo levantar del sillón sin inclinarme como una alcayata. 

–¡Taxi!

Y el coche se detiene. Ya está. Lo he logrado.

En un momento, estoy sentado en este asiento y vuelo a por ti. 

Aguanta el frío. Aguanta el desánimo. Ya llego, amor. 

A esta, que ahora llamamos casa. 

A esta que es nuestra habitación. 

Con los ojitos abiertos, esperas mi llegada. Aquí estoy, te lo digo bajito: 

–Ya estoy de vuelta. 

Y entonces me miras y me ves, no puedo creerlo, sabes quién soy. 

–Federico. 

–Sí… 

Me pides que te abrace. Tú sabes que a ti nunca he sabido decirte que no. 

De modo que lo he logrado, bajo estas sábanas y esta manta que se sienten como un hogar porque llevan tu olor. 

El mar en calma, los ojos cerrados y el suave vaivén en que nos vamos.

El bip-bip del monitor, en silencio ya. 

El enfermero vuelve a descorrer la cortina. El enfermo de la trescientos once ha cerrado los ojos, se ha retirado la vía, ha dejado de respirar. 

Avisa a la doctora.

–No ha dado tiempo a reaccionar. 

Pero no tiene importancia. Ni siquiera era reanimable, de manera que…

Al final es así, a las cuatro de la mañana, en una observación a oscuras donde es imprescindible priorizar, los noventa años que ha durado una vida se diluyen, pierden relevancia, se confunden y se escapan, pronto nadie recordará. 

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