Presentación Donde habita la vida.

He dado muchas vueltas a este asunto; he dedicado más horas de las que podáis imaginar a decidir qué debo contaros hoy, qué esperáis escuchar.

Quise, en un primer momento, haceros partícipes de ése dónde, ¿dónde habita la vida? Más tarde comprendí que, con toda seguridad, ese brillo y esa felicidad en la boca del estómago que yo he creído intuir en tal recoveco del mundo es, para cada uno, una equis diferente en el mapa. Así que me bajé de ese falso peldaño que es la percepción de la existencia de una única verdad y decidí darle una vuelta más a todo este asunto de la presentación.

Debería, me dije, argumentar y hacer que quien me escuche ese día, ese cinco de abril que tiembla en el calendario cada vez que lo miro, se muera de ganas de leer mi novela. Que se muera de ganas. Pero tampoco esta opción logró ser la definitiva. Supe en ese momento que en realidad, mi deseo, ése que arde fuerte dentro de mí, es que esta novela os llegue, a cada uno, en el momento adecuado. Yo he abierto libros que he cerrado a los veinte minutos, convencida de que no había nada que pudieran aportarme; los he dejado dormir durante años en una estantería llena de polvo y de repente un día, como si pudiesen llamarme, he vuelto a sus páginas y he encontrado en ellas sentimientos propios, pensamientos renovados, he dado gracias por esas palabras que llegaban, justo, en el momento adecuado y he robado a Unamuno ese amor a los libros que hablan como hombres.

El día en que Bruno llegó a mi vida, la marea que me golpeaba en la frente era tal que, un poco erosionada ya, caminaba algo perdida y con necesidad de encontrar, de encontrarme, como falta de aliento y de vida. Era, sin duda, uno de esos momentos en que necesitaba de las páginas de un libro a las que saltar de cabeza, dejarme abrazar por algún sentir ajeno capaz de entenderme y ordenarme. Y en la búsqueda me encontraba cuando alguien puso en mis manos la Rayuela de Cortázar; ese Oliveira, esa Maga, esas cavilaciones casi propias a las que yo contestaba en los márgenes con un lápiz sin punta. Si Julio escribía tal, yo le contestaba cual… Y así hasta que se agotaron las páginas y en ese punto, de verdad, vibraba a una frecuencia altísima y

me sentía tan cerca de mí misma que fue inevitable: Bruno nació como algo que había estado vivo dentro de mí, dormido durante tanto tiempo.

Claro que en aquel momento apenas lo conocía. Yo carecía de herramientas para crear un personaje real y él estaba allí, sentado en un banco y dándome la espalda. Me acercaba a él y trataba de entender qué tenía que contarme, qué tenía él para mí. Pero era tal la verborrea de aquel hombre que, por mucho que intuyera yo una verdad en su fondo, entendernos era una tarea complicadísima.

Luego aparecieron Mitad Doble, el taller de novela y los consejos de Augusto. Aquella pregunta clave: ¿qué le pasa a Bruno? Y aquella tarea a priori absurda: llévatelo a casa, espía lo que hace, conoce todo sobre él. Y, madre mía, creo que íbamos por junio cuando empecé a soñar con Bruno Figueroa, que así se llama. Lo veía por todos lados –en la calle, en el bus, en los pasillos del hospital –, nos entendíamos tan bien; me lo llevé a cenar a casa, hice que mi marido también conviviera con él. Se convirtió, con su historia y con su búsqueda incansable de esa vida que anhelaba, en el centro de la mía durante muchos meses.

Y fui comprendiendo que al acercarme a él, me acercaba también a mí. Me desnudaba, me gritaba verdades al espejo, me iba quitando las máscaras y, como en una línea temporal invertida, me bailaba dentro una alegría al notarme cada vez más joven, cada día más niña.

Y entonces lo supe: que todos llevamos en nuestro interior una esencia, una verdad, algo tan nuestro que habría sido lo mismo en cualquier otro lugar del mundo, en cualquier otra era. Un yo sin adulterar, uno que no depende de las circunstancias; quien fui aquel primer día de mi vida, y que fue escondiéndose a cada paso que daba. Me convencí de la necesidad de desprendernos de todas esas capas que nos retuercen y nos cambian, y de la importancia de volver a ser eso, esa cosita que brilla y baila que yo he llamado vida y que cada uno ha de encontrar en un lugar distinto.

Así que esta tarde, aún lejos de alcanzar yo esa meta ambiciosa que es el escrutinio de mi propio ser, reto a quien me escuche a mirar adentro, desnudarse y buscar.

He querido haceros partícipes del momento aquel en que Bruno alcanzó a vislumbrar un poco, atreverse a recomenzar el camino y vivir en paz.

No quisiera terminar sin dejar flotando en el aire un gracias en mayúscula. A mis padres, en especial a mi madre, que me ha contagiado el amor a las letras y ha visto nacer cada palabra de esta novela; a mi marido, por las horas en que se ha entregado a mantener nuestra vida en orden mientras yo escribía hasta el agotamiento; a mis compañeras del taller y a Augusto, porque han sido el impulso que necesitaba antes de saltar; a Joaquín y a Alejandro, es un privilegio haberos tenido conmigo; y a todos los que esta tarde estáis aquí, a quien me ha creído capaz y aún hoy, piensa que puedo seguir creciendo.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google photo

You are commenting using your Google account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s