8 de marzo.

8 de marzo de 2019. Voy en un tren camino de Toledo. Fuera está nublado y tiemblan los árboles de echar de menos a la primavera; unas nubes blancas han bajado para embotarnos las cabezas y en mis oídos, solo para mí, Wim Mertens dota a este momento de la musicalidad y el sentimiento a través de los que suelo contemplar la vida.

8 de marzo; voy camino de un curso de hemodiálisis y porque me gusta, escribo. He subido al tren, yo sola, sin necesidad de enfrentar ofensa alguna, sin sentirme juzgada por miradas escandalizadas e inquisitivas, y me he entregado sin remordimiento a esta tarea que me apasiona. Señalar también, porque para mí tiene importancia, que estreno una blusa que me gusta muchísimo y ayer compré con mi dinero, el que yo he ganado, que estos pantalones son comodísimos y las zapatillas que calzo, también.

Y me he sentido, de repente, tan afortunada, que de algún modo me veo obligada a acudir aquí y depositar un sentimiento arrancado al alma, un giro de tuerca, una reflexión.

Yo, y me avergüenza (¡me avergüenza muchísimo!) reconocerlo, he sido siempre una de esas niñas, esas mujeres comodonas y rodeadas de buenos hombres que, ante la aparente falta de ofensa, ha negado sin descanso la existencia de una diferencia injusta, la necesidad de un feminismo bien entendido y ejercitado con cabeza por todos, hombres y mujeres, y me he burlado, año tras año, de este día de la mujer trabajadora que tan ridículo y fuera de lugar se me antojaba.

<< Una mujer trabajando es algo tan natural que celebrar este día me parece humillante >>

Escribía esto hace seis años y madre mía, jamás volvería a compartirlo si no pensara que con ello, puedo ayudar a alguna otra –aunque cada vez, gracias a Dios, son menos –que comparta este sentir equivocado y falto de conocimiento y madurez.

Han sido necesarias horas, tantas que al sumarlas serían días, semanas, de lectura y reflexión, de diálogo interno, para desprenderme del egoísmo que me impedía, a toda costa, dirigir la mirada hacia atrás y ponerme en el pellejo de esas mujeres que un día no pudieron ser nada, más allá de un andar gracioso y una falda, unas labores a las que entregarse y poco más. Despojadas de voz y de voto, frustradas en sus vocaciones y estranguladas por su propia pasión.

¿Conocen a la hermana de Shakespeare, ésa que imaginó algún día Virginia Woolf? Si no es así, ¡deberían!

Como escritora, como médico, como mujer que ejerce cuanto se ha atrevido a amar, he sentido miedo, he tenido pánico de solo imaginar a mi voz callada, a mi sentir frenado, a mi alegría y mis tristezas y mis ganas de llorar a veces, de reír escandalosa a todo cuanto me hace gracia, tachadas de histeria o sinvergonzonería, falta de educación y saber estar, formas mal guardadas. Y he agradecido tanto, en el alma, de verdad, ¡tanto!, no ser una de ésas, no sufrir el tormento, por ejemplo, de Emma Bovary, y haberme casado con el hombre que he querido y porque así he querido hacerlo; haber conservado mi apellido –porque, ¿cuál era el suyo? Emma, Emma ¿qué? Bovary –, haber leído cuanto me apetecía, haber dialogado con quien haya deseado, haber paseado y gozado de todos estos privilegios que nunca debieron ser tal cosa; he agradecido con tanto nervio estar donde estoy y ser feliz, que el fervor con que mi corazón aplaude a las que lucharon por mí, por nosotras, y nos colocaron en el escalón desde el que hoy contemplamos la vida, que su calor y su ruido han sido suficientes para iluminar la senda, el resto de preguntas que me he ido formulando.

He sido capaz, ¡y no ha sido nada fácil!, de reconocer, poco a poco, los restos del daño causado, el dolor que aún hoy provocan y el modo en que han estado siempre ahí, siempre presentes y e insistiendo con tanto empeño que al fin, han logrado formar parte de aquello que ignoramos por costumbre, eso que llamamos lo cotidiano.

Cuando era una niña, jamás bajaba a comprar el pan. Cuando mi madre necesitaba ayuda para algún recado, a menudo recurría a mis hermanos porque yo, ¡pobrecita!, tenía trece, quince, diecisiete años y una cara llena de granos –la misma que ellos, por cierto, solo nos llevamos tres años –, que jamás sacaba a pasear al sol sin maquillaje, sin polvos para matificar, sin colorete, sin… Sin todas esas cosas que, ya que existen, no deberían ser más que complementos, arte, diversión. Aún hoy madrugo, amanezco una hora antes que mi marido, y dedico al cuidado de la piel y a la ardua tarea de esconder todos mis complejos, unos cuantos minutos al día –muchos, un escándalo –que, de no haber conocido nunca la imagen de la mujer perfecta que me han vendido desde siempre, podría emplear para leer, ver una película o, ¡madre mía!, recuperar horas de sueño. Pero me resulta imposible de evitar, del mismo modo en que sigo pensando en las calorías de esto o aquello que me como, sí, porque de poco me privo, pero con remordimiento.

Todas delgaditas, todas bien vestidas, todas guapas.

También puedo quejarme del clásico “chiquita”, “bonita”, “¿cuándo viene el médico?” de mis pacientes, aunque éste es un tema que se ha rozado de más y que prefiero esquivar, más o menos, por miedo a correr el riesgo de culparlos a ellos que en realidad, de lo único que son responsables es de llevar demasiados años en este mundo y haberse creído una realidad que, de hecho, para ellos lo ha sido.

Me duele el orgullo con el que un padre se atreve a decir que su hijo es músico, y las sonrisillas faltas de confianza que me han rodeado siempre que me he atrevido a decir que lo que quiero, que lo que yo quiero es ser escritora. Y me duele el modo en que algunos hombres siguen dirigiéndose a nosotras, y me duele el reloj biológico y el novio para cuándo. Y los piropos que no pedimos, y los insultos que se gritan en silencio, las caras que se vuelven hacia otro lado y los ojos que ignoran, los “algo habría hecho”.

Me hiere todo lo que se da por hecho; me hace daño esa debilidad, ese miedo, esa inteligencia que tuvieron algunos hombres hace tanto para darse cuenta de que a una mujer, si se la deja ser, no necesita de nada más para conquistar el mundo, esos hombres que hicieron creer al resto del mundo que las mujeres –¡e incluso ellas lo llegaron a creer! –están, en realidad, muy por debajo en tantos aspectos de la vida diaria.

Hay que amarlas y respetarlas, protegerlas, porque son bellas y frágiles, ¡bellas y frágiles! Ni queremos ser lo uno, ni jamás hemos sido lo otro. Y gracias a aquellas que se levantaron una vez, hoy estos ojos míos pueden verlo con claridad.

De modo que, en esta tarea que nos ocupa, de arrancar el resto de malas hierbas y luchar un futuro próximo mucho más justo e igualitario, tenemos el derecho y el deber de hacernos partícipes, todos, y trabajar en un mundo al que sí queramos traer a nuestros hijos.

No se trata de ayudarnos, se trata de trabajar con nosotras; no va la cosa de apoyar la causa del colectivo feminista sino de convertirla en una única y universal.

Así que, consciente de todos los giros que aún tengo pendientes, del duro camino de humildad y reconocimiento de los errores propios que me espera si deseo, algún día, haber llegado a comprender de verdad y haber liberado a mi corazón y a mi intelecto de todas las vendas y mentiras que se han empleado para conducirme por el camino deseado, hoy quisiera animar a quien me lea y aún se encuentre en la cómoda envoltura de esa negación que, por otro lado, tan natural me parece, a pensar y reflexionar, a echar un vistazo a lo que tenemos alrededor y cuestionar cada hecho, cada decisión tomada.

Es necesario que busquemos la justicia, que seamos osados y nos atrevamos a juzgar cada conducta propia y corregir las aprendidas, a mejorar por nosotras y por las que vienen, activar el cambio.

“¡Qué bajo hemos caído!, caído por reglas injustas, necias por Educación más que por Naturaleza; privadas de todos los progresos de la mente; se espera que carezcamos de interés, a ello se nos destina; y si una sobresale de las demás, con fantasía más cálida y por la ambición empujada, tan fuerte sigue siendo la facción de la oposición que las esperanzas de éxito nunca superan los temores.”

Lady Winchilsea, poetisa nacida en 1661.

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