Lo que viene después.

Un clavo saca a otro clavo. Al menos eso es lo que siempre me han dicho.

Han pasado varios días –semanas, podría ser, aunque ando desorientada por el paso, agresivo e imposible de frenar, de una vida que gira y que da vueltas y no se para –desde que escribí aquella palabra maldita, FIN, sobre el margen inferior de la última página de la novela a la que, en el último año, había regalado mi tiempo y mi alma, mis miedos y mis sentires más apasionados, mis preguntas y mis porqués. Fin a las tardes de café sin mesura, a las noches de levantarme de la cama y dirigirme a la libreta con la urgencia que el asunto merece; a soñar con Bruno, a dejarme poseer a ratos y, a ratos también, suplicarle una tregua y un poco de espacio para poder trabajar –convivir con mi marido, llamar a mi madre, fregar los platos, vivir –.

Y es tan hondo el desasosiego, está tan vacío el nido del síndrome, duelen tanto las manos cuando han dejado de teclear y no saben dónde –cómo –posarse, que el sofá se hace agujero inmenso y las tardes oscuras; debe ser cosa de Magia, últimamente anochece antes. Los segundos empiezan a correr en bucle, el suelo se abre y mi salón se desdobla. Preparo un té, abro la ventana y vuelvo a cerrarla, acomodo las luces, me cambio de ropa y me pierdo. Me desangro y me pierdo porque no sé dónde ir, ni sé quién soy si no se lo cuento al teclado.

Han pasado varios días y, hasta ayer, transcurrían lentos y dolían, parecían años.

Y hoy, en cambio, he abierto los ojos a un lunes, saliente de guardia y achicharrada, y un nombre me ha venido a los labios como un recuerdo emerge de tanto en tanto.

Francisca.

Francisca y unas ojeras marcadas. Francisca en un baño húmedo e impregnado de vaho, los espejos cubiertos con retales y un llanto amargo y resquebrajado, partido por la mitad.

En mi ciudad llueve y el río se desborda; y yo la he visto a ella, pan y flores bajo el brazo, apresurándose a orillas del Sena en un París lejano y borroso. La he visto enamorada y la he escuchado gritar con furia, y me han poseído sus ojos y su historia y ahora, que llego a casa y me precipito a la ducha –al café y el pan tostado –, y que mis piernas y mis brazos sueñan con derramarse en la cama, mi corazón y mi cabeza planean un encuentro con el escritorio, papeles y tinta y carboncillo, y una historia que me crece dentro y me sale por los ojos y por los dedos, por las uñas, por los poros de la piel.

Y he vuelto. Soy yo de nuevo.

Un clavo saca a otro clavo. De Bruno no me olvido y en cambio, a la espera del fruto que tal vez algún día llegue a darme, hoy me entrego a esa otra memoria, de otro tiempo y otras vidas y otro espacio, y me vuelco en ella, me dejo ir.

Y lo que venga, estoy segura, lo hará de la mano de quien soy, desnuda, erizada y hecha de emociones y retales, de quereres y valentías inventadas.

A los que me nacen dentro y me mantienen encendida: GRACIAS.

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