¿Dónde vamos cuando leemos?

En aquella buhardilla sucedía la magia. Flotaban los versos en un aire rosado y el olor a café la congelaba en una eterna mañana de domingo. Llegar hasta allí era fácil; uno sólo tenía que abrir las páginas del libro que estaría siempre, como por arte de guión, allí donde existiera alguien que pudiera necesitarlo. Luego habría que jugar con los dedos, amasar las palabras, tensar los renglones como las cuerdas de una guitarra y abrirlos, separarlos, saltarle dentro al texto. Y entonces, agujero de gusano inexplicable, otro tiempo y otro espacio, aquella buhardilla que flotaba en las nubes y aquella manera de sentirse maravillosamente sólo y vivo de vidas infinitas, vibrando con las notas que impregnaban impúdicas y rebosantes de literatura, las paredes de madera que acuñaban tantos atardeceres de sillón orejero y té, de ojos que acarician la narrativa y al fin descansan.

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