Guardia.

Lluvia.

Brijindar malacitano que lo vuelve todo pegajoso y desacostumbrado.

Galerna inclemente. Borrasca que con imprudencia acomete contra mi sueño y la poca templanza de la que puedo hacer gala a estas alturas –la hora veintiséis, exactamente, de trabajo y de sentidos que no se apagan. Que no se apagan –.

Yo, en cambio, me precipito a la realidad ya empapada, sin necesidad alguna de esta lluvia o este paraguas roto que me hace de bandera y me recuerda el desastre que constituyen todos mis rasgos de animal cansado y herido.

La ropa chorreando y un sentimiento agarrado a la garganta.

Por encima de mis pensamientos, el cielo clama gris y avergonzado de habernos parido tan tercos y obstinados.

He sobrevivido, una vez más, y en esta ocasión es viernes.

Al trabajo, al esfuerzo, al cansancio físico y a todo eso que, en realidad, va de la mano de una vocación y no me cuesta nada. Pero, sobre todo, por encima de todas esas cosas a las que siempre estuve dispuesta, yo me siento una superviviente de la madrugada.

Existe un momento –es sólo un instante, no se crean, a penas perceptible pero rebosante de agorería –, entre la una y las tres de la mañana, en que se enrarece el ambiente ya viciado –porque chorrean por sus paredes la muerte y el renacer, y los charcos de emociones ajenas nos calan los huesos desde abajo y las hacen nuestras, irremediablemente nuestras –.

En ese momento, digo, el halógeno de la derecha del pasillo subterráneo parpadea, y algunas de las puertas, siempre las mismas con exquisito rigor, se abren y se cierran al compás de un viento inexistente e improvisado.

Una anciana llora y un teléfono suena. Del ascensor junto al restaurante se arrojan tres batas blancas que huyen con prisa hacia la urgencia y, desde el eco de la noche y la soledad de las máquinas apagadas, ruge el adelanto de lo que está por llegar.

Después de este instante, el resto se desarrolla con dolosa cotidianidad –porque pasa cada noche, cada madrugada, y no se detiene ni se arrepiente –.

Es el amanecer de este invernadero de estética ausente que se come la inspiración y que intenta, sin soñar con lograrlo, robarme las ganas de crear.

Los teléfonos suenan frenéticos, los pasillos se estrechan, el aire se impregna de toxinas y los párpados caen pesados a consecuencia de un sueño a duras penas contenido.

Quien lloraba esta tarde, ahora llora más fuerte.

Los rostros se desfiguran y los cabellos se encrespan.

Las manos tiemblan. La razón flaquea.

Nadie es quien es, la masa se vuelve incoherencia.

Se derriten las horas y se confunden los segundos, uno no puede saber cuándo existe salvo por el alba que anuncia tras las ventanas la proximidad del fin.

Y yo sobrevivo, como puedo, sobrevivo.

Me desprendo de la masa y ya no soy parte de un todo; me empleo en la misión que parece cegarme desde hace tantos años, de desligarme y definir mis límites más allá de cualquier rasgo compartido con el resto.

Busco en la vulgaridad, como lo haría en una mina, cualquier motivo de arrebato artístico, cualquier henchimiento que me sacie durante unos segundos, a la mañana siguiente, cuando la rareza vuelva a serlo en su forma habitual y yo ya me haya ido.

Busco en las miradas, en la sonrisa de un paciente, en el recogido argentado de aquella señora, en las manos seniles de este otro –que, me invento, en su juventud leía poemas y pintaba paisajes, y andaba enamorado de una tal Alejandra a la que ahora llama esposa –.

Busco y disecciono y no me agoto.

Y me emociono al comprender el porqué de mi deambular por estos pasillos que parecen no tener nada que ver con quien soy, y en la explicación teórica que llevé a la práctica y en el orgullo de haber visto y haber sabido, en el narcisismo de reconocerme ese otro ojo que, dicen, se ejercita, y al que llamamos clínico.

Luego salgo a la lluvia, ya mojada –de sueño, de irritación y de ímpetu; de manía y de este querer comerme el mundo a base de lápiz y papel –y la vida me pasa delante y entonces lo sé: que el sentir no se mide en mg/dl pero que la medicina, ¡ésa también es poesía!

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