El trance.

Nubes, amenaza de lluvia, la espuma sobre sobre los poros –a través de los poros, penetrándolos como lo haría la virulencia de la melancolía –y la voz de Andrea Bocelli, que resbala impúdica por los azulejos de este baño que hoy me conoce mejor que yo misma.

Es tarde de lunes y pugna la rutina por calarme la piel y almidonarme el alma, y se hace monotonía que me envenena y me hace vieja.

Son ochenta los años que he estado a punto de cumplir así, en un instante y sin querer.

Acostumbro, no obstante, a reunir ejércitos y sueños y hacerme vida que vibra y es; y logro con presumida frecuencia salir de pozos sin fondo, arreglar caminos farragosos y despejar lo movedizo de las arenas; acostumbro a alzar la barbilla y encararme a los lunes y a los miércoles, y hacerlos sábado y sin guardia, y con sábanas revueltas y un despertar perezoso que se resiste a cualquier alarma.

Hoy han sido dos copas de vino, una jícara de chocolate y unos cuantos versos elegidos al azar, los que me han lazado y han tirado con fuerza de mi jersey alejándome –y haciéndome olvidar –del abismo del hastío más desolador.

Me he dejado embriagar por esta tregua inventada y me ha bailado el alma de sosiego de alquiler. Sé que sólo durará unas horas y, en cambio, tecleo tras la ventana que me refugia de la tormenta que está por llegar, y el agua de la bañera se hace océano y me siento inmortal.

Camino con calma, hacia el confín cerúleo en que ando sumergida desde hace rato; me dejo arrastrar sosegada como nunca antes y, sin conocer los límites ni preguntar por qué, contemplo a los azulejos que mudan la piel y se alejan de sus aires de ciudad, y se hacen bosque y al fondo, como en el interior de las mágicas caracolas, se escucha el mar.

Siento de repente mis pies sobre la arena, el calor de la arena bajo mis pies.

Sigo caminando, despacio, lenta y pegajosa. Arrastro mi peso con esmero, y sé muy bien que el final está quebrado y que el vértigo me hará saltar.

En algún rincón de esta playa que es bosque nace, como lo hacía desde el altavoz del baño hace milésimas de segundo, la voz de un Andrea Bocelli enamorado del mar calmado de la noche.

Y yo camino, sigo caminando; camino despacio y en mi caminar, sólo pienso y no sé si existo, me vuelvo pregunta que surge y duda y hace dudar –que enreda y respira y abre heridas de papel –.

Estoy aquí, y soy yo; y, en cambio, de nada estoy segura ya. Reprocho a mis sentidos el esfuerzo incansable por distorsionar la verdad y hacerla estímulo engañoso que no me deja ver.

Desconozco qué es aquí y qué es ahora; desconozco dónde, cuándo me encuentro.

Estoy en un bosque que es playa –una playa que es bosque –y soy yo en algún punto incierto del espacio y en algún momento del tiempo infinito.

Me lo imagino así, como dos planos de incontables puntos que se cruzan en la línea que es mi vida y por la que mantengo el equilibrio errática y a ciegas, desconocedora de las casualidades que han hecho que esos dos planos se crucen justo en esta altura, cerca de las intersecciones de las que brotan las historias de las personas con las que me voy encontrando en el camino –cada una, una línea de puntos, coincidente con el resto sólo en algunos –.

Y me pregunto: una vez dado el paso número x, una vez dejado atrás un punto de la línea para pasar al ulterior, ¿qué ocurre con el que iba primero, dónde queda? ¿Acaso se esfuma y arde, acaso vamos quemando el camino que dejamos atrás? ¿Será que los chemtrails no son más que recuerdos, la estela de esa línea que otros incendian, lo que queda de su vida anterior?

¿Permanecerán, por el contrario, vivos todos esos momentos que ya vivimos, en ese punto coincidente de tiempo y espacio, en un bucle infinito en el que se repite cada segundo de forma frenética y hasta la extenuación?

El eterno retorno, otra vez.

¿Existen entonces el pasado, y el futuro? ¿Acaso esta mujer –que se hunde en el agua de su bañera y al mismo tiempo se adentra en un bosque –es el pasado de otra que vive algunos puntos más allá? ¿Soy el futuro de esos pasos sobre la línea espacio-tiempo, que aún no lograron llegar donde estoy yo? ¿Cuántas yo existen entonces, cuántas?

De alguno de los surcos de la memoria me nace un recuerdo, una flor: un ancla, el ancla dibujada sobre una de las páginas de aquel libro de arena que me hechizó una tarde. El ancla que sólo se ve una vez porque después, en la liquidez del infinito, se hace pequeña y se confunde. Y se me ocurre que quizá, si la incontabilidad es aquel lugar al que llegaríamos caminando sobre una línea sin fin, y si esa línea no es más que unos cuantos puntos que se unen y que, a pesar del avance, seguirán estando ahí; entonces, volver y encontrar el ancla –o la máscara, y retirarla y llegar a comprender y aprehender, finalmente, el yo –no debe ser un imposible inimaginable, no puede simplemente no ser.

Dijo Kundera: “la vida humana sólo acontece una vez y por eso nunca podremos averiguar cuáles de nuestras decisiones fueron correctas y cuáles incorrectas”.

Esta tarde de lunes, sin embargo, en medio de la humedad del vaho de este sueño confuso que se me pega a los bronquios, me pregunto con empeño y duda sincera si no será que erramos al creer en ese fluir de las cosas que nos ha sido dado incuestionable a pesar de lo carente de una demostración palmaria.

A lo lejos, borrosa y familiar, una silueta que conozco bien me hace señas desde la bruma. Reconozco de inmediato la nariz con la que respiro y los ojos con los que entonces miraba; la media melena de mi adolescencia y esa sonrisa tímida y descarada a la vez. Una mujer que sueña con conocerse, aún niña aunque promesa de unos andares que ya insinúa cuando, por las tardes, se bebe las calles y juega a sumarse años a base de colorete y tacones y fingida madurez.

Me acerco a ella, a mí; y entonces, cuando me tengo delante, reprimo un sollozo y deposito la culpa en esa otra que también soy, irremediablemente, yo.

Que por qué no sabes quién eres, que por qué no paras un poco y te lees; que por qué no las cosas más claras y las prioridades ordenadas de una vez; que por qué aquella falta de valentía, y ese privarte de ser tú misma que aún hoy me frustra –a mí, que soy tú dentro de un tiempo y que ya conozco tus errores; que me los sé bien –.

Ella llora con mis lágrimas de hace años y el corazón algo marchito a pesar de lo joven.

Que sí, que soy consciente de que sabes de despedidas tempranas y a destiempo, y de otras que nunca llegaron a ser; que ya sé de tus frustraciones, de tu sentir incomprendido y tu manera de amar tildada de patológica. Que sí, que conozco tu llanto y tus temores, a duras penas disimulados; y tus sueños, y tu anhelo. Y que te pido por tu bien, ¡por el mío propio!, que olvides por un momento todo lo que no eres tú y aprendas lo que eres y te centres en el camino. Que no sufras, ya no más.

Me embarga después el consuelo y a éste lo barre el miedo.

Una duda, otra, una más.

¿Qué pasaría si dentro de un tiempo, lejos ya de Málaga y de lo que soy hoy, aparece en sueños esta figura de mi presente, y me deshago sin pensarlo en reproches adultos hacia mí?

Que por qué las mil horas ante el espejo deseando con tantas fuerzas otra boca, otro pelo, otra piel; que por qué los textos que no escribí, los platos que aparté por calóricos o las copas que jamás me serví; que por qué las comparaciones y la infravaloración forzada a la que me someto con frecuencia; que porqué tanto cine perdido y tantas lecturas cerradas y privadas de la caricia de mis ojos sedientos de más; que por qué de nuevo el pánico y que qué me impidió luchar.

Hoy he salido a comer y frente a mí, por una de esas ventanas enormes que dan alma a las casas antiguas de esta ciudad, una de ésas de cierres de madera en los que habitan mil historias a ambos lados vividas, la luz se volvía rosa y atravesaba la bohemia antes de mezclarse con el vino que me salvaba de mí.

Es en esos detalles donde surgen la idea y el trance.

Luego he venido aquí y he soñado sobre el teclado, y ahora tengo miedo del cansancio que me obliga a parar; de todo lo que mientras duerma dejaré sin hacer y de lo que, dentro de no sé cuántos puntos sobre la línea, pueda reprocharme quien quiera que sea entonces de lo que estoy siendo esta vez.

3 thoughts on “El trance.

  1. BlackWolf says:

    no puedo creer que esta entrada no tenga comentarios. Es excelente!!!! Pienso que tal vez al ser tal pedazo de texto la gente se intimidó y no puso nada. No podría yo irme sin tratar de expresarte (aunque sea vagamente) lo que sentí al leerte. En las primeras lineas me perdí, comencé a navegar con tus palabras y sin saber a dónde me dirigian. Sentí que me leía a mí por momentos ya que suelo cuestionarme muchísimo sobre si soy solo una yo o somos varias… me gustó mucho el estilo tan bohemio pero conciso. Me gustaron las imágenes que se crearon en mi mente gracias a tus frases.
    Quisiera poner mas cosas que no sé cómo expresar, en fin, muy pero muy buena entrada. Me recuerda a una Pizarnik un poco mas soñadora y optimista.
    Te leo!!!
    Saludos!!!!

    1. elimarquesgomez says:

      Gracias. Cundo escribo, el objetivo de mi búsqueda suelo ser yo misma, comprenderme. Sin embargo, se esconde un deseo en mis palabras: ojalá llegar a alguien y hacerle sentir algo.
      Tu comentario da mucho sentido a este post. Una vez más, gracias.

      1. BlackWolf says:

        No dejes de escribir nunca, no solamente para llegar a alguien sino para comprenderte, realmente es lo mas importante y lo mas complicado. No te preocupes por generar algo porque tu estito es tan personal y tan sensorial que gusta y atrae desde un principio. Lo que tiene es que es un estilo algo complejo o entramado para algunas personas, a mí me encanta eso, me encanta la manera en la cual se une y divide todo

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