Caperucita.

Brilla el sol, esta mañana brilla bien alto y las copas de los árboles le bailan a una brisa que juega a ser primavera.

Caperucita se contonea. Se recrea en el ir y venir de sus caderas y se siente espléndida y empapada de la mirada de aquel lobo con el que se ha cruzado a toda costa.

Y cuando el cazador se arma de bondad y de la valentía necesaria para enfrentarse a sus miedos, y se lanza a una defensa de la mujer que ella jamás habría pedido, Caperucita ríe –aunque su risa parece más una náusea –y le vomita una respuesta:

–Pero, ¿es que no ves que si quisiera una defensa habría luchado sola, que no necesito un hombre y que al final, sólo quien yo desee podrá devorarme?

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