a t a r a x i a.

Domingo por la mañana.

La luz tamizada ha vestido mis sábanas de lunares y en el pecho, como el eco que retumbaba cuando hace años reía y jugaba a esconderme entre las tinajas de mi abuelo, se me desborda una primavera de sentimientos y de una verdad que se expande como el azul del océano más agresivo: ayer tuve un encuentro conmigo misma.

Me quema también la angustia –y me asfixia, me roba el aliento, me intoxica –y me duele el paso irremediable del tiempo, esa manera de avanzar sin miramientos, de ser, de dejar atrás.

Llevo toda la semana vibrando tan fuerte que, en una de estas vueltas al mundo que doy sentada en el borde de mi taza de café, se me va quebrar el alma, agotada de tanto buscar y desear, de permanecer encendida y arder y hacerse humo –que se esfuma, libre; que no tiene forma, que no ha de adaptarse, que escapa –.

¡Pero siente más flojito, más flojito!

El grito con el que, desde hace demasiados años, he intentado mitigar mis ansias.

¿Pero acaso se puede –y lo pregunto con en el corazón al aire, con la duda expuesta y sin pudor alguno de reconocerme tan lejos como cualquiera de la verdad –, se puede frenar el sentir, existe alguna fórmula para aliviar al alma?

Alcanzar, de un modo u otro, la paz, la ataraxia.

¿Es posible recrear la sabiduría, la capacidad, el estoicismo?

Si controlar las excitaciones provocadas por los sentidos en su relación con el mundo exterior me parece una tarea ardua y casi imposible de llevar a cabo, ¡imaginad el cariz inalcanzable con el que tiño la posibilidad de apagar las pasiones que me nacen de dentro!

Descubrir una melodía que me robe un suspiro y, cuando llegue a su fin, no volver a escucharla.

Encontrar un verso que sienta como yo y no releerlo mil veces y hasta la saciedad –o quizá no; quizá, sólo, hasta la llegada del tan conocido por mí, cansancio físico –.

Intercambiar un sollozo con el autor de alguna obra en la que reside parte de lo que soy, y no quedarme a vivir entre sus páginas.

¿Se puede vivir sin desear nada? ¿No convertiríamos la tranquilidad del alma en algo inalcanzable, pues siempre andaríamos frustrados, deseando no desear?

¿Existe alguien capaz de ir más allá y, no sólo renunciar al materialismo y a las necesidades que han inventado para nosotros –vivir, simplemente, con comida y agua, un refugio para el invierno y los pensamientos de uno revoloteando con calma –, ser capaz de abolir el deseo y vivir en la nada, en el vacío, en la imposibilidad de cualquier frustración?

El carácter contingente de los sueños siempre deja una puerta abierta al sufrimiento. 

Si pudiera, aunque sólo fuese por un instante, ignorar cualquier carencia y dejar de desear.
Escribir, fotografiar la vida, bailarle a un verso o morir ahorcada en las cuerdas de una guitarra; dejar de desear todo eso y sólo ser, producir, vivir en calma.

Dudo, sin embargo, que este deseo sea real. Dudo que resida la felicidad en ese estado de ataraxia que en principio, tan deseable se nos puede antojar –¡y otra vez la contradicción! El ser humano es así, vive de soñar y desear, desear, desear –.

Hace unas semanas, en una de las sesiones clínicas con las que acostumbro a empezar mis días –y en el contexto de una conversación que ahora no viene al caso –, alguien dejó escapar unas palabras que se me quedaron grabadas. “¡Van a morir de éxito!”, fue lo que se dijo, y tampoco es necesario puntualizar de quién se hablaba; el caso es que yo, desde mi silla diminuta de benjamina y aprendiz, me vi repentinamente abrumada por la posibilidad de morir, sí, pero de éxito.

¿Por el vértigo que se experimenta desde la cima? Fue lo primero que se me pasó por la cabeza.

¿Porque, abrumados por la gloria, caminamos ciegos y, queriendo o sin querer, tendemos a precipitarnos?

La respuesta, en cambio, iba mucho más allá.

Morimos de éxito porque somos seres incapaces de seguir adelante sin una meta que alcanzar. Somos el burro que persigue la zanahoria, la pescadilla que se muerde la cola; somos ese “necesito desesperadamente un sueño, porque sin un sueño no se va a ninguna parte”, que ahora mismo no recuerdo dónde leí algún día.

Morimos de éxito porque al alcanzar la meta, ya no sabemos dónde ir; porque con un sueño cumplido, desaparecen las flechas que nos iluminan la senda; porque el deseo cumplido nos sumerge en el más estéril de los aburrimientos.

Citando a Shopenhauer, el deseo, si se satisface, nos sume en el tedio, en el hastío.

Es por eso que me atrevo y busco un límite cada vez más ambicioso.

Cierro una novela e inmediatamente deseo crear algo mejor, dirigido a un público más amplio, o con más mensaje, o con más técnica, o con más sentimiento.

Es por eso que odio dormir y maldigo la necesidad fisiológica de esta pérdida de tiempo. Y suplico a la vida días más largos, de al menos sesenta horas –que dure más la luz fotogénica de las seis de la tarde, que se haga eterno el desayuno y se multipliquen los segundos de la siesta que huelen a café y hacen que surja la inspiración y escriba, escriba –.

Es por eso que  vivo con el miedo a que mi tiempo carezca de significado, a no encontrarle el sentido a mi existencia, a no ser, a no producir. Miedo a que cuando muera, y entonces ya no desee y queden amordazados los gritos de mi sentir apasionado, el mundo continúe con sus vueltas, igual que antes de conocerme, porque mi paso por sus tierras y sus corazones vivos no haya cambiado nada.

Es por eso que siempre ando deseando, insatisfecha, buscando.
Es por eso que en mi lucha siempre hay un motivo.

Es por eso que no deseo cesar en el escrutinio de mi propio ser.

Y que no paro.

Y que desconozco si es posible, pero no quiero. No quiero apagarme, no deseo sentir flojito.

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