MIR-ad, ¡que os pase la vida!

Menos de veinticuatro horas.

Seguro que ya os han ordenado que cerréis los libros; hoy no se repasa, hoy se obvia el MIR.

Y seguro que os contaron aquello del kit-kat a medio simulacro, y lo de ir al baño cada x horas, y lo de subrayar las palabras clave de las preguntas, y lo de, y lo de, y lo de…

Seguro que os han llovido tantos consejos durante estos doce meses, que andáis ya medio ahogados en ese pozo de datos por recordar que han creado para vosotros.

Pues bien, aquí va el último –porque sí, me voy a atrever; yo, que no lo hice mal, ni especialmente bien; yo, que elegí lo que quise y fui feliz, y sólo por eso, gané; yo, me voy a atrever a daros una indicación –: interiorizad que el MIR no es más que un examen. 

Unas cuantas preguntas, lanzadas con más o menos benevolencia, que se juntan en esas dos columnas de la muerte, que suman las no sé cuántas páginas –ya se escribirá el domingo sobre el peso, el espesor, la dificultad y hasta el color de vuestro MIR –entre las que encontraréis respuestas, opciones e infinidad de dudas.

Unas cuantas preguntas venidas a más, hiperbolizadas, elevadas a la enésima potencia, dotadas de una importancia de la que siempre han carecido; unas cuantas preguntas que han sido, no obstante, aderezadas por una sociedad insulsa y falta de valores.

Os han hecho creer que vuestro futuro está en las netas, en el número, en la plaza. Os han hecho creer que os jugáis, qué sé yo, ¡la vida! en esas cinco horas de reloj en las que debéis hacer arder a vuestros cerebros tiritones y asustados.

¡Ay de quien se deje en blanco más preguntas de la cuenta!

¡Pero ojo, que las negativas restan!

¡Y ay del que falle una de ésas que están catalogadas como sénior, una de esas preguntas del MIR que llevan siéndolo tanto tiempo, que a estas alturas del partido ya no deberían quedarse con nadie!
Así que no las falléis, no. Ni las dejéis de contestar.

Porque os jugáis tanto, tanto.

Que no. Hacedme caso, que no.

Lo que hay en juego, no es más que una nota. Lo que hay en juego es la posibilidad –vamos a decirlo claro, la putada tan grande –de pasar un año más entre libros y post-its y apuntes y subrayadores de colores tan chillones que ya marean; un año más en casa y sin un ver un euro; un año más sin ejercer la profesión.

Punto.

Nada más.

Recordad, es sólo un examen.

¡Que no os engañen aquellos lobos que gozan de poder para suscitar creencia! Que no os engañen con este concepto de “lo normal” que se han inventado.

Lo normal es una buena nota en selectividad; un aprobado en anatomía y quizá un sobresaliente en médica I; una graduación celebrada por todo lo alto, a pesar de que aún no aprobaste los últimos exámenes y no eres médico, pero tienes tu foto, tu beca amarilla y a tus padres llorando de emoción porque ¡ay, mi niño es médico!; un verano del infierno entre manuales y simulacros, seguido de una Navidad angustiosa y, finalmente, de un examen brillante y una plaza, cuatro o cinco años de residencia y luego, ¿qué? Luego miramos el reloj y ya han pasado mil años, y somos unos viejos que han basado su vida en una profesión.

Detened un segundo esta competición frenética a la que habéis sido escupidos y pensad: ¿qué pasa si no apruebo? –¡pero si el MIR siempre se aprueba! Dios, cómo odiaba esa respuesta hace unos años –. ¿Qué puede pasarme si no logro ser pediatra en mi ciudad? Si no me da la nota… ¡Que me dé la nota!

¿Qué puede pasar? A lo mejor, el destino.
¿Pero de verdad pensáis que un ser humano, tan pequeño y ridículo como es frente a la grandeza de la existencia, es capaz de adivinar dónde está su felicidad? ¿Sabéis con qué frecuencia nos equivocamos, lo agradecida que estoy yo por cada vuelta que me ha dado la vida para destrozar mis planes e impedirme cometer un error?

Conocí al amor de mi vida a la salida del Ministerio aquel día en que elegí mi plaza, ¡y menos mal que no hice el examen mil puestos mejor! Unas cuantas netas más me habrían impedido distinguir sus rizos a lo lejos, aquella tarde en Arenal.

Y daos cuenta de que al final, cuando han pasado años del examen y de la ansiedad de esperar la nota, todo el mundo es feliz en el lugar en el que cayó por aquel entonces. Y quien no, pues se vuelve a examinar, ¡que nada es irreversible, salvo la muerte y cuatro cosas más!

No dejéis que os engañen, tampoco, con este concepto de vida que han inventado para nosotros y que no busca nada más que generar esclavos.

El trabajo, el trabajo, el trabajo… ¡El trabajo es importante, claro que sí! Y dignifica, y realiza, y nos dota de una utilidad que nos da sentido.

Pero el trabajo –un examen, una plaza –, no es la familia, ni el amor.

Por supuesto que no se os va la vida en estas cinco horas.

Por supuesto que habéis dado lo mejor de vosotros en cada simulacro y en cada hora de estudio; pero ya está.

No dejéis que os invada el espíritu del que se jactan las academias, ¡como si os estuvieran salvando de un futuro devastador con unas cuantas técnicas de examen!

Que mañana, sea como sea, saldréis del aula y el mundo seguirá girando.

Y las calles seguirán vivas y nada habrá cambiado.

Y os dirán que celebréis, que os desquitéis –pero, ¿de qué?, me preguntaba yo –, que ya se ha acabado.

¿Pero qué se va a acabar? ¡Ahora es cuando empieza!
Éste no es, ni mucho menos, el punto álgido de vuestra vida –¿acaso hay alguien dispuesto a asumir que todo lo que viene después de esto irá perdiendo importancia en un decrescendo irremediable? –.

Si alguno de vosotros muere como personaje célebre, y alguien desea escribir su biografía, ¡estoy segura de que el día del MIR no será considerado como algo relevante!

No se acaba nada, mañana a las nueve de la noche no se acaba nada.

Empieza, por el contrario, otra etapa más, con ilusiones y con momentos maravillosos; con sufrimiento, ¡como es la vida!

Y nos iremos enfrentando, en este caminar a ciegas, con infinidad de instantes insignificantes que, a priori, serán “el día más importante”, hasta que pasen y pierdan ese cariz que les inventamos una vez.

Me presenté al MIR convencida de que aquél era eso, el día más relevante de toda mi vida, y pronto me di cuenta de que no era así. Las vacaciones de después del examen también serían inolvidables –¡el mejor viaje que harás jamás, con esa sensación, ese sabor a libertad…! –.

Pues no.

Me convencí desde muy temprano de que –ya que el MIR no lo había sido –, el momento clave sería el día de mi boda, y de que el viaje de novios lograría –esta vez sí –, convertirse en el más bello de todos los que pudiera hacer.

Ahora que quedan algo lejos, se me ocurre que, quizá, mucho más importante será ver nacer a un hijo; y que, muchísimo más hermoso, será un primer viaje en familia.

¿Perderán importancia, no obstante, estos recuerdos que aún no han llegado a ser una vez se conviertan en pasado?

Seguro que sí, ahora ya lo sé.

Y creo que puedo vislumbrar una verdad –¡siempre me ocurre cuando escribo! –: la clave debe estar en empaparnos de cada instante y de vivirlo; de sufrir con gusto, sabiendo que lo que nos pasa no es más que la vida, y ser felices como locos inconscientes con cada regalo que se nos ofrezca.

Mañana, para todos, se abre una puerta. Quizá no sea la que esperáis pero, ¡eh, dejad que os pase la vida!

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