La coexistencia de las pasiones.

Querido Vincent Van Gogh, ahora ya sí.

Ahora ya es sábado de nuevo y yo sigo conmovida por tu sentir desmesurado, sólo que hoy pienso en ti bajo un cielo distinto –más al sur, más abierto, menos atormentado –. Pienso en ti y en tus manos de artista –que eran de artista, quiero creer, desde el momento en que llegaste al mundo –, y lo hago desde mi sofá, con los ojos cansados y el alma huyendo de la monotonía –porque en esta casa se hace magia, sí, pero también se lucha sin descanso contra el vértigo, entendido éste como el deseo de caer, de cesar en el esfuerzo por seguir siendo quien soy y vivir lejos de la melancolía que, a menudo, me inspira esta sociedad –.

Querido Vincent, ¡cómo admiro, cómo envidio y cómo extraño aquella determinación tuya! Con qué nervio deseo ser capaz de inventar la fuerza que a toda costa me sitúe en mi camino y me obligue, a pesar de todo impedimento –o quizá, gracias a ellos –, a llegar hasta el final.

“A sus 27 años de edad, había llegado a una decisión: seguiría predicando en defensa de la dignidad de los obreros y de las glorias de la naturaleza; pero en lugar de hacerlo utilizando las palabras, lo haría a través de la pintura. Vincent Van Gogh iba a convertirse en un artista”.

No puedes imaginarte hasta qué punto me sentí golpeada por aquellas palabras. Veintisiete años, igual que yo; y en cambio, cuánta valentía y qué seguridad, ¡qué vergüenza, Vincent, cuando caí en la cuenta de que todo lo que admiro de ti, es precisamente lo que a mí me falta!

Siempre, desde que era una niña, he tenido muy clara la diferencia entre convivir y coexistir. Mi madre, eterna defensora de la unión familiar, a menudo me abordaba con aquel mantra incansable que, finalmente, tanto bien me ha hecho: “tienes que convivir”. Daba igual si me encontraba estudiando, si andaba inmersa en alguna de aquellas luchas con El que no debe ser nombrado, que con frecuencia acontecían bajo las mantas de mi cama; daba igual lo que estuviera haciendo, ella siempre aparecía tras la puerta con las mismas palabras : tienes que convivir.

Recuerdo, en alguna ocasión, haber agarrado mi libro y haberme sentado junto a ella en el sofá. Luego lo abría de nuevo y volvía a la lectura, pero tampoco aquello era suficiente para ella: aquello no era convivir.

Hoy, a tantos años luz de aquellos momentos y convencida ya de la necesidad del diálogo y de cultivar aquel roce del que dicen que nace el cariño, lo estoy también de que estas dos pasiones que me abrasan no conviven en absoluto. Que se chocan, que luchan entre sí, que intentan robarme el alma para quedársela, a pesar de la resistencia con la que pretendo hacerles frente.

El deseo de aprender, de saber más, de llegar más lejos, de ser cada día un poco mejor; la euforia de comprender, la taquicardia que provoca en mí toda la belleza que se esconde en la naturaleza, la perfección de un cuerpo hecho a base de piezas que encajan y de equilibrios imposibles; esta manera mía de sentirme bien junto a un paciente y mi deseo de permanecer donde estoy, tiran de mí de un modo hiperbólico y extremista: me he visto, en más de una ocasión, dispuesta a dejarlo todo, a darlo todo y ser sólo eso, un instrumento de la medicina.

La frustración, en cambio, aquella mujer histriónica de la que ya hablé hace unos días, que nos enreda el alma y nos hace enfermar y tiritar de imperiosa necesidad; la lágrima que me empapa la piel cuando unos versos dolorosos me arañan las entrañas, la sensación de estar enamorada de cualquier escritor que con sus palabras esclarecedoras sea capaz de aclararme y hacerme comprender un sentimiento propio con el que, de repente y gracias a las páginas de un libro, me he reconciliado; ese deseo, esa envidia, ese querer ser yo quien provoque el sentimiento, me obsesionan hasta un punto patológico. Son demasiados los segundos que, a lo largo de mis días –y mis noches, en ocasiones demasiado largas –dedico a ese pensamiento que me frustra y que me duele y me tienta a salir corriendo, pedalear lejos de donde estoy y llevarme conmigo sólo un papel, un lápiz y al hombre al que amo: necesito escribir.

Es así, sin remedio, sin necesidad de vueltas y revueltas para expresarlo. Necesito escribir, lo necesito. Son incontables las palabras que me bailan dentro, un exceso de sentimientos que me vibran y a los que necesito, necesito, necesito, necesito dar salida. Han de estar fuera de mí por dos motivos: para que no me reviente el pecho y para que, cuando carezcan de sentido porque yo haya cambiado –porque somos así, recordando a Heráclito, como el cauce por el que nunca corren las mismas aguas –, cuando ya no exista ese sentir que me movió algún día, poder recordarlo.

Y porque me quema, para qué mentir; porque me queman las palabras en la boca del estómago, en la cisura de Silvio y en la punta de los dedos. Me queman y no hay forma de aliviarlas, más que dejándolas arder.

¿Y cómo hago, cómo arreglo esta coexistencia, a priori maldita e imposible de solucionar? Me lo pregunto cada mañana, cómo lograrlo, cómo hacer convivir a mis deseos sin necesidad de apagar uno de los dos fuegos, y a pesar de ello, no he encontrado la respuesta.

He llegado a la conclusión, no obstante, de que ha de existir un equilibrio en esta balanza que hoy no es más que uno de esos columpios que suben y bajan en un impulso arrítmico y carente de sentido. Tiene que existir esa respuesta, sólo que ando ciega y es por eso que aún no la encontré.

La ceguera, la ceguera es el miedo; el miedo al fracaso, al dolor de la caída y al ridículo de una levantada más o menos cómica.

Tú, en cambio, querido Van Gogh, asumiste el riesgo de una vida aparentemente absurda; venciste al miedo y a los imposibles que se planteaban desde antes incluso de comenzar tus andaduras. Necesitabas pintar, lo necesitabas.

Necesitabas darte a aquello para lo que fuiste creado –esas manos tuyas de las que hablaba hace un momento, que eran de artista, que siempre lo fueron –.

A menudo juego a imaginar qué sentiría un cuchillo si no se le permitiera cortar; la amargura del llanto de cualquier objeto que fue creado como x y en cambio, se le obliga a ser y. ¿Cuál será el desconsuelo de aquellos cuchillos, por continuar con el ejemplo, a los que se les prohíbe servir para su fin último y que se ven expuestos en galerías y en museos –porque son viejos, porque tienen una historia, por el diseño o por lo que vieron alguna vez –?

Uno ha de saber para qué nació, uno ha de reconocer su fin y llevarlo a cabo.

Tú lo lograste, por supuesto: pobre como las ratas y pesar de todo, sin descanso, pintando.

Te imagino; imagino a tus ojos, sedientos de inspiración, recorriendo incansables las pinceladas ajenas por las que te dejabas influenciar. Te imagino probando, intercambiando trazos y haciendo salpicar todo aquello que no eras antes de, finalmente, desatarte. No existe un encuentro más purgante que aquél que se produce con uno mismo.

Y te envidio, ya lo he dicho, te envidio. Te envidio y te admiro porque yo también me busco, porque también ando sumergida en el escudriñamiento tan costoso, la pesquisa de mi vida; yo también me he dejado influenciar por las palabras que desde niña me bebía a sorbos desmedidos y también me leo y me reconozco sólo a veces, y me pregunto cuándo abandonaré cualquier influencia que revista mi alma y me mostraré desnuda en el papel. Sólo yo, sólo quien soy y lo que siento.
Que yo también ansío comer patatas, tener mis girasoles y un almendro, inventar mi propia noche estrellada. Y me sé incapaz de imitar uno sólo de los movimientos de tu muñeca pero, ¿qué importancia tiene si el mundo que deseo crear ha de nacer a base de palabras que al sonar unidas hagan brotar los sentimientos del alma?

Que lo que necesito es escribir.

Escribir.

Necesito escribir.

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