In-certidumbre.

Domingo, 21 de enero. He vuelto a estas páginas –que no son tal cosa, en realidad; pero ya nadie raja a golpe de pluma y tinta el papel amarillento que anhela vivir historias –después de una guardia maldita en la que ha faltado el sueño y han sobrado desengaños.

Surgía hace unas horas –entre bandejas de plástico y la crueldad de las recetas manidas y recalentadas que, para más delito, pretenden ser algo más –una duda en mí para la que, no obstante, logré encontrar una respuesta. ¿De qué se muere uno antes, de frustración o de incertidumbre? ¿Cuál de los dos abismos es más peligroso, en cuál caemos con más facilidad y cuál nos consume a la velocidad a la que desaparece una vela cuando el oxígeno aviva la llama?

Para mí es irremediable: nunca he sabido lidiar con el desconocimiento, la falta de certeza y la oscuridad de un futuro que se me antoja espeluznante y excesivamente cercano.

Si se me pregunta en qué momento, en qué instante de mi vida experimenté el cambio y maduré, contestaré –a sabiendas de que aún soy esa pieza demasiado verde a la que le queda camino antes de llegar a Ser –con orgullo, que puedo visualizar cada matiz en la luz de aquella tarde y hasta sentir el olor entre las paredes de mi cuarto cuando, de repente, cambié y por ello todo a mi alrededor también cambió. Fui consciente, en primer lugar, de que por primera vez todo estaba fuera de control; luego me sentí atropellada por la verdad abrumadora de que, en realidad, aquella sensación lejana de superioridad y de ser capaz de gobernar y manipular a mis anchas, siempre había sido una ilusión –porque jamás tuve nada controlado, porque la vida da giros cuando uno menos lo espera y ni la muerte de mi padre me valió para entender esta lección –.

Es precisamente en esa pérdida de los hilos, en ese enredo; es en el desconcierto infinito que viene después de haber sido destronado en tu propio reino, en el horror de saberte incapaz de frenar ese tornado violento que es la vida, donde nace y reside –y hace herida y nos desangra –la incertidumbre.

Nadie se libra, nada puede evitarlo. Los días venideros, los segundos después a éste en que dejo caer mis dedos sobre el teclado, son oscuridad para cualquiera que cometa la temeridad de jugar a imaginarlos; es uno de esos lujos de los que nadie goza, porque no los compra el dinero y porque son inalcanzables: la certidumbre; la capacidad de ver más allá y saber –decidiríamos entonces en base a lo que está por suceder y sería el futuro el que influyera en el pasado y no al revés, daríamos cabida a ese eterno retorno que últimamente me obsesiona –.

Y a ver quién niega haberse sentido vulnerable alguna vez; a ver quién se atreve a afirmar que jamás ha deseado conocer, descubrir, caminar dando pasos seguros y construir una vida estable y resistente a cualquier temblor que sería, por otra parte, previsible y esperado. ¿Y acaso no se traduce esta ceguera en aquella otra tormenta que se desata tan a menudo en nuestras almas, y que llamamos frustración? Ese querer y no poder que, lentamente, nos mata; el deseo de ser uno mismo, de dar salida a la pulsión que nos abrasa, de hallar la solución a ecuaciones imposibles y de no ahogarnos jamás en el vacío de un anhelo que nunca dejará de serlo.

Y en cambio, lo sé: prefiero vivir sabiendo que no se cumplirá un sueño, a sobrevivir a la inquietud y la falta de luz del desconocimiento –esa pregunta que es una constante: ese sueño, ¿se cumplirá? –.

Soy consciente, de cualquier manera –y me doy cuenta de ello en este momento, mientras escribo –, de que allá donde se siembre una duda, allá donde brote la incertidumbre y nazca un sinfín de posibilidades, allí siempre habrá esperanza.

Y en cambio, insisto, no; el desconocimiento es un veneno tan corrosivo que, a pesar de la comodidad de vivir en un eterno “puede que…” en el que todo es posible, el ser humano siempre termina buscando un fin. Porque en el fondo, somos así, todos preferimos el “jamás será” que, al menos, nos permite dormir tranquilos.

Por otro lado, y en este punto sí que siento el dolor, existe ese otro sentimiento letal que es como un bloque de hielo –frío, que duele, que ha sido construido a base de esquinas diseñadas para herir –que se levanta en el alma de uno y la parte en dos mitades que lloran y que a pesar de ello laten a una frecuencia desbocada que nos corta la respiración; la culpa. La culpa que escuece en las llagas más abiertas, el remorder de una conciencia más o menos estricta, la decepción con uno mismo, el sentirse insuficiente –o lo que es peor, un simple cinco que se confunde en medio de tanta mediocridad –.

Dejo aquí grabados estos tres sentimientos –que son más bien sensaciones, sacudidas del pensamiento que nacen para doler –, en esta tarde en la que lo único que me ha bastado ha sido despertar a este teclado y, una vez más, arrancarle una reflexión y algún sentir.

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