La pioggia.

Me preguntaban hace unos días que por qué Florencia y la lluvia.

La respuesta a la primera cuestión es fácil –bromeaba en aquel momento y jugaba a imaginar qué habría sido de una novela titulada “Cuando Llueve en Antequera” –: Florencia es una ciudad cubierta de arte. Están vestidas sus calles con un brillo que no he visto en otros lugares, una claridad que la hace elegante y especial; fulguran los recuerdos tras las esquinas, ¡la de primeros besos y la de amores que ha visto nacer! Y los suspiros, los suspiros que se escapaban libres y que son el último aliento en esta tierra de quien en su día creaba sobre su suelo, llueven incansables y rebosan en los charcos de una mágica musicalidad. Florencia es una ciudad de la que ando enamorada, ¡y es tan fácil escribir sobre lo que uno ama!

En cuanto a la lluvia, no obstante, soy consciente de que no es algo fácil de comprender.

Porque cómo explicar de una manera breve y ligera que agradezco al cielo, se lo agradezco con toda mi alma, que haya llorado conmigo siempre que lo hacía mi corazón. Cómo explicar que en una de sus lágrimas cabe todo un mundo y que cada una es un lamento, un recuerdo o una emoción.

Incluso aquella noche de agosto, sentados frente al maestro Andrea Bocelli, cuando las últimas notas de su Canto della Terra me arañaban el sentimiento y me emocionaban hasta la lágrima, el cielo rosa se abrió en dos mitades y conmigo, como yo, se deshizo en una lluvia apasionada.

Cómo hacer a nadie partícipe de esta idea delirante de que el cielo siente conmigo y hasta me mima. Que sabe ser invierno cuando necesito de mi hogar, que se hace lluvia cuando ando falta de inspiración y que se refleja en los charcos y me inventa mil historias que, más tarde –cuando calle el mundo tras las puertas de mi cuarto –le arrancaré a alguna canción.

¿La lluvia? La lluvia es la caricia del frío, es un café que sabe a hogar, es una película bien elegida y las páginas de un buen libro haciéndome vivir otra vida más.

La lluvia es el arte de no amar lo fácil, de buscar la belleza lejos de los cánones y de saber ver, de saber vivir, a base de matices y de magia –lo fácil siempre ha sido, por otra parte, recrearme en la gracia de los días de sol –.

¿Que por qué la lluvia, que por qué en Florencia? ¿Acaso hay una mezcla más deliciosa, un escenario más apropiado para ver nacer un amor?

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