De paciencia y semillas (…)

Me hablas del valor y de la espera, de reunir el coraje —la fuerza, la fuerza que a menudo me falta —para alcanzar aquello que desde siempre he echado de menos.

Me hablas de la paciencia, de esa santa inalcanzable de la que nunca pude hacer alarde.

Me hablas de un paisaje desprovisto de vida, que espera sereno a estar cubierto de algodón —que se fingirá nieve, que jugará a ser nube en la tierra —.

Me hablas del control de mis instintos; de apaciguar esta urgencia que a menudo me impele y me hace tomar decisiones erróneas —porque uno no debe elegir en los momentos en los que la pasión se hace río y se desborda en sus entrañas —; de bajarme, sea como sea, de la montaña rusa en la que vivo.

Me hablas de amansar esta crispación y esta necesidad de ya, del ahora, a la que ando sometida por el hecho de ser una de esas mujeres de sentir frenético, una de ésas que le lloran a la música y que viven mil vidas por cada verso.

Me hablas de un esfuerzo que no cesa, y de cómo el sol calienta la espalda de quien siembra. Del arte y del aplomo de esparcir las semillas, a sabiendas de que el resultado no será inmediato. De la impasibilidad de quien espera y confía en una recompensa.

Y de que algún día una de ellas hará magia y todo cobrará sentido.

Me hablas de un camino que se disfruta, incluso más que alcanzar la meta.

Del gusto exquisito de un sinsabor temporáneo.

De la paz que proporciona haber caído tantas veces que al final sólo pueda significar una cosa: que eres capaz de levantarte cada vez que te de la gana.

Acaba de empezar a llover; acabamos de embarcarnos en esta aventura que me asusta y me apasiona al mismo tiempo —que me ha resucitado y ahora me mantiene viva; que me hace vibrar a una frecuencia desconocida para la mayoría; que me emociona, que me hace sentir hasta la lágrima —, y yo ya deseo que nieven copos de algodón y surja la magia.

Tú, en cambio —y la vida, con esta manera suya de suceder; tan lenta y pegajosa cuando uno tiene prisa y tan ágil cuando no queremos que pase —, me pides que siga sembrando y que no ver el fruto no me haga desistir; me pides que me empape del camino y que no se me ocurra, todavía no, soñar con la meta.

Se me exige, en estos días de latidos desbocados y sueños que están a punto de cumplirse —que ya casi llegan, ya llegan, ya casi —, que mire dentro y que busque justo eso que nunca tuve.

Paciencia.

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