Cuando llueve en Florencia

Han pasado años desde que dejé caer, por primera vez y muerta de miedo, los dedos sobre este teclado en el que he volcado mi alma y he vomitado mi sentir. Me sentía adulta y me sentía tontamente libre, y vibraba a una frecuencia escandalosa y rebelde que se alimentaba de las ganas del cambio y del querer comerme el mundo a toda costa –sentimientos, por otra parte, poco repentinos y nada inesperados para mí –.

Había puesto fin a mis estudios y había logrado alcanzar la meta, el poder ejercer esta profesión mía con la que mantengo una relación amor-odio tan intensa y deliciosamente tortuosa –somos así, irremediablemente adictos a esta urgencia constante, corazones curiosos que buscan incansables y que se cuestionan hasta las verdades más evidentes; somos la queja y el cansancio que, sólo cuando cesan, dejan ese gusto del trabajo cumplido y del haber aprendido algo –y, a pesar de estar justo donde deseaba, a pesar de haber sobrevivido a la cruzada de los años de estudio y del esfuerzo, me sentía vacía.

Ponía también fin a otras tantas cosas –el hogar de mi infancia, mis amistades más sólidas, el que solemos llamar graciosamente “el novio de toda la vida” –. Dispuesta a romper lazos y reinventarme, sedienta de mí misma y de encontrarme, perdida en un mundo plagado de sentimientos y de estímulos que se me antojaban insoportablemente intensos, salí –no sin dudarlo –de esa zona que hemos nombrado de confort, y me marqué como objetivo, para empezar, ser capaz de construirme desde cero.

Cuál fue mi sorpresa –todavía río cuando recuerdo a aquella niña que era hace no tanto tiempo –cuando pude darme cuenta de que no era el mundo el que no me comprendía, ¡yo misma era incapaz de entender los mecanismos, los caminos escabrosos de mi pensamiento y de mis sentimientos a priori absurdos!

Y después de este ejercicio de humildad, después de haberme reconocido a mí misma que no, que no sabía quién era y que me debía un esfuerzo por conocerme; aún cuando no estaba lista para ello, me topé de frente con el amor de mi vida.

Luis lo puso todo patas arriba. Me despistó aún más y me volvió loca con su magia. Y ya sí que no; ahí ya no era capaz de definir a mi persona, de explicar mis sentimientos, de comprenderlos y, mucho menos, de hacerme entender.

Me senté entonces en el sofá de aquella casa que jamás olvidaré –porque fue la primera y porque me vio renacer –, y me dispuse a contar esa tormenta que se desataba en mí con el único fin de comprender.

No pasé del capítulo cuatro; abandoné cuando me sentí en calma, en armonía con mi persona y serena; y hasta dos años después.

Volvieron a caer las páginas –entonces ya ajenas –en mis manos y en mis ojos siempre ávidos de alguna lectura nueva y lo decidí: crear, inventar, dar vida a nuevos personajes y dar a conocer todas esas formas de amor –el que se acaba, el que se finge, el que se sueña, el que hace que uno despegue los pies del suelo cuando se encuentra a sí mismo en un corazón amado –y, como se suele decir, a ver qué pasa.

Lo que ha pasado es esto y qué les voy a decir, siempre he sido así, si no lo comparto reviento.

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