Bellos somos todos.

Que la belleza no es un parámetro objetivo y cuantificable es un hecho; que pocas personas se han detenido en esta observación, también.

Todas las mujeres que, a día de hoy, son admiradas por el mundo entero, independientemente del sexo de cada uno –algunas queremos ser como ellas y otros, simplemente, las quieren en su cama –, habrían sido, de haber tenido la mala suerte de nacer varios siglos antes, despreciadas y poco deseadas; por flacas, porque nadie iba a acostarse con un saco de huesos al que no se puede acariciar en condiciones, porque les habría faltado un buen escote por encima del corsé que les cortaría la respiración.

Es por eso que, ni siquiera esas bellezas que parecen indiscutibles, lo son en realidad; simplemente, han caído en el mundo en el momento en que imperan los cánones de belleza en los que encajan. Cuestión de azar, nada más.

La belleza –ese don que todos poseemos, siempre a la espera de unos ojos ajenos que lo sepan ver mejor incluso que nosotros mismos –se encuentra irremediablemente sujeta a una serie de variables tan subjetivas como los gustos de cada uno, los secretos del inconsciente, esas líneas escritas en la base del iceberg de Freud en un idioma imposible de traducir para el intelecto del ser humano –tan simple, por otra parte –.

Es imposible saber por qué aquel hombre de allí pasa las noches en vela analizando las curvas y los cuerpos redondos que ama, o por qué a aquel otro le sorprende el alba en cada amanecer soñando con una silueta de líneas rectas; imposible entender que la mujer tan elegante que pide un taxi para ir a trabajar se sienta en realidad atraída por el hombre de aspecto relajado con el que se cruza cada tarde cuando ambos pasean a sus perros –con sus ojeras, con su aspecto cansado, con sus camisas mal planchadas y su pelo desaliñado –.

La belleza, la sensualidad, la atracción, no dejan de ser percepciones, estímulos externos que, antes de llegar a la conciencia, pasan por diversos filtros –la luz del momento, ese olor que nos agrada, esa debilidad por ciertos rasgos que nos recuerdan a alguien que nos hizo felices algún día –.

Son sustantivos y están, lo veamos o no, cargados de subjetividad.

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