(h)el-arte de desnudar el alma.

Hay una pregunta que, desde hace ya varios días, me ronda incansable, inagotable e imprudente la cabeza; una que me he formulado una y otra vez y en cada ocasión con una nueva apariencia; una que he disfrazado de duda, de curiosidad y hasta de ofensa. ¿Qué es –y me veo incapaz de contestar o, al menos, de hacerlo con un mínimo de objetividad y con la seriedad que la cuestión merece –el arte?

¿A qué podemos llamar de esta manera, qué obras son las que merecen este atributo tan sonoro y dotado de la musicalidad que le corresponde? El arte. ¿Cuáles son sus límites, sus criterios; dónde empieza, dónde acaba, cuándo es y cuándo no?

Y, ¿quiénes son los artistas? ¿Acaso no se desintegran todas las almas que crean para dejar en su obra buena parte de lo que son? ¿Acaso no se derraman los sentimientos en cada nota, en cada vibrar de unas cuerdas vocales, en cada pincelada o en cada renglón arrancado casi con dolor a la memoria y al sentir frenético de quien escribe?

Analizaba hace algunas noches –y lo hacía con gran esfuerzo, en un intento de despojar de subjetividad a mi criterio y de ignorar, fuese como fuese, que eran las cuatro de la mañana y que no había parado de trabajar desde hacía demasiadas horas –este presente digitalizado en el que me ha tocado, no sé si por azar, vivir. Lo hacía a raíz de una pregunta que se me hizo, o quizá fue una afirmación; no recuerdo bien las palabras pero sí capté el mensaje: ¿No son las redes sociales– Instagram, por ejemplo, esa fuente sempiterna de imágenes agradables de la que yo bebo a diario sin detenerme a meditarlo –una manera de exponernos, de dejar entrar al resto en nuestra vida y, profundizando un poco más, de exhibirnos en nuestra vertiente más narcisista, necesitados de presumir y de enseñarnos al mundo, precipitándonos a una caída no tan inesperada?

Quizá –lo tuve que admitir –, hayan sabido, los creadores de este cosmos del que hablo, explotar esta pulsión casi enfermiza de los seres humanos de aparentar, de querer ser, de esconder lo que verdaderamente son y fingir una vida mejor. Sin embargo, ¿no nos cruzamos de vez en cuando con encuadres mágicos, con luces que nos transportan de una fotografía a un lugar y hasta a un sentimiento? ¿No encontramos en algunas galerías un verdadero culto al placer de la estética, verdaderos genios de la moda y de la decoración, de la innovación, visionarios de un futuro en el que todos desearemos aquello que ellos mostraron hace tiempo?

¿Es de un narcisismo imperdonable enseñar al mundo tu visión, aquel momento sagrado cuya belleza nos dejó sin respiración, que conseguimos captar a golpe de enfoque y disparo y ahora deseamos compartir? Y, esa fotografía que lanzamos al espacio y que para nosotros no es más que una ventana tras la que siempre descansará ese instante feliz, que se repetirá incansable y que esperará siempre a que volvamos; esa imagen que mostramos al resto, ¿es arte?

Y el cantautor que desgarra el aire con su guitarra y que grita al mundo por su amor, por la amistad, por su música… ¿Es él culpable de esta actitud reprochable, de esa necesidad de likes que nos hace parecer ridículos y patológicamente estúpidos?

El escritor que da a luz a su obra, el pintor que lucha contra todo inconveniente para llegar a exponer, ¿es arte lo que hacen?

¿Quién tiene la respuesta? ¿Quién juzga qué merece la pena y qué no? ¿Acaso es el público? Y, en ese caso, ¿cómo se llega hasta ese monstruo, ese juez –a veces tan injusto –al que debemos convencer de que lo que tenemos es especial y debe ser llamado así, obra de arte? ¿Al final triunfan todos los artistas? ¿No es verdad que las redes ayudan a descubrir a los genios?

Quizá, y debo confesar que este pensamiento me aterra y me apena al mismo tiempo, las voces de Andrea Bocelli y de Pavarotti no fuesen las únicas que nacieron dotadas de ese toque divino que a mí me emociona hasta la lágrima. ¿Cuántos libros, cuántos poemas, cuántas obras nos hemos perdido?

Considero, siempre lo he hecho, que internet, las redes bien usadas, constituyen una herramienta,  una puerta desde la que podemos acceder al arte y hasta enseñarnos como en un escaparate; ofrecernos al sector que nos apasiona. Comprendo, no obstante, que no existe un filtro y que pasa todo el contenido que se crea; y se queda ahí, en una maraña sin sentido en la que se pierden finalmente los verdaderos regalos, las verdaderas sorpresas.

Dijo quien me hizo aquella pregunta algo que me hizo reír: “hoy en día –se quejó –, hoy en día todo el mundo opina de todo lo que no sabe. Uno se tira un peo y lo publica, porque tiene derecho a todo.”

Quizá sea cierto; quizá, en un mundo más lógico, podríamos aplicar filtros para encontrar, en ese camino virtual que son nuestras búsquedas en la red, el verdadero arte, a los verdaderos artistas.

Pero surge de nuevo, en este punto crucial, la misma pregunta: ¿pero qué es, qué es el arte?

Presumo cuando afirmo que yo he sabido encontrar a algunos magos –magos de la moda, de la fotografía, del don de escribir–, personas que son, en definitiva, una fuente de inspiración y de energía difícil de imitar. Y presumo cuando aseguro que en mis fotos no hay intención alguna de exhibir quién soy, que la única verdad que vive tras mi objetivo es que soy comunicativa por naturaleza, una amante de la estética y de la palabra; que vivo de los recuerdos y del proceso de crearlos, y que los hago más reales cuando pasan por una cámara. Y, en cambio, ¿no es posible que cualquier otro observe de lejos a aquéllos que considero genios y que los perciba de un modo completamente diferente, que no les encuentre la magia o que los considere aburridos? ¿No es posible que en mí sólo reluzca esa personalidad histriónica de la mujer que lo muestra todo, que vive pegada a una cámara y que tiene los dedos enganchados al∫ teclado?

¿Y no es cierto que, a causa de esta manía inevitable de fotografiarlo todo, de escribirlo todo, de compartirlo después sin pensar demasiado, exponemos lo que somos? Llego a la conclusión de que sí, es innegable. Quien me haya leído o haya pasado más de tres minutos sumergido en mi galería sabe, como mínimo, que me gusta el capuchino, que vivo enamorada del mar y de mi marido, que la música me vuelve loca, que me alimento como lo harían tres mujeres de mi misma talla y que siempre estoy cansada por alguna guardia. Y no me gusta, pero es así. No puedo evitarlo. Lo hago, a pesar de todo lo hago y no es por enseñarme, sino a pesar de ello. Y no hago arte, o sí, o quizá todos lo hacemos.

O quizá el arte no sea más que la suerte de traer a este mundo algo que hasta que llegaste tú no existía, y después amarlo y sí, compartirlo.

 

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