Detalles. 

Una de las cosas que amo de escribir es que es,en cierto modo, como tener una cámara de fotos entre las manos. Una de ésas que tienen un buen objetivo para el que una tendría que pasar meses y meses ahorrando; sólo que escribir es gratis, como sentir, como vivir. Cuando escribo, siento que puedo embellecer o resaltar la crueldad de un momento determinado, que puedo hacer zoom y enfocar sólo los detalles. Porque hay magia, yo siento que la hay, en el olor a café y a pan tostado por la mañana, en una casa que para alguien es hogar; hay magia en esas dos miradas que se cruzan en medio de un centenar de personas y, de repente, se sienten solos, y cerca, libres de amar.

No es lo mismo viajar a París y fotografiarla desde lo más alto, pequeña bajo su Torre Eiffel, bella a su alrededor, que quedarnos para siempre con esa sonrisa de labios rojos o con la falda de gasa que baila al ritmo de sus calles y de su luz, aquel escaparate de una pastelería que olía a casa y que desde ahora será nuestra para siempre. Hacer importantes las cosas más pequeñas, darles el lugar que deben ocupar.

Cuando sea vieja, tanto que incluso haya olvidado mi nombre o cómo se abrochan los cordones de mis zapatos, y sólo goce de pequeños instantes de lucidez en los que sepa, de repente, como un regalo, quién soy; cuando sea vieja y tú me des la mano, y sonrían nuestros rostros arrugados a un horizonte en el que buscar las respuestas a las preguntas que no recordaremos habernos hecho, entonces espero no pensar en nosotros como dos personas que se amaron, sin más, una de tantas y tantas historias. Rezo por ser capaz, aunque sólo fuese de vez en cuando, de sentir tu sonrisa joven aquel día en Arenal, cuando nos vimos por primera vez y desde ese instante nos amamos; y acordarme de tu risa y de las películas que solían gustarte, de que fregabas los platos mientras escuchabas a Leiva, de que una vez nos emocionamos juntos escuchando la voz de Andrea Bocelli y hacíamos viajes en coche cantando con él a pleno pulmón. Recordar aquella tarde de los dos, sentados en cualquier rincón de Málaga y soñando con nuestro día, con cada detalle, con ser nuestros para siempre; o mi estúpida manía de fotografiarlo todo, y tu infinita paciencia. Y aquella primera casa en la que aprendí lo que era colgar un cuadro, las cenas sentados en este templo que es nuestro sofá. Espero recordarme niña y feliz a tu lado, el modo en que me arropas cuando es invierno y hace frío y sólo tú sabes ajustarme el edredón.

Recordar, en definitiva, esos pequeños momentos en medio de esta marea continua que es la vida, en los que fuimos felices y valientes. Y acercarme siempre que lo necesite, siempre que la realidad y la rutina se conviertan en nebulosa y en falta de luz y encontrar, siempre en los detalles, el ancla a la que agarrarme para volver a casa.

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